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Foto aérea histórica de Covibar (Fuente: Covibar)

Foto aérea histórica de Covibar (Fuente: Covibar)

Covibar cumple 40 años y lo celebra con una exposición gráfica de su evolución que se inaugura este viernes. Diario de Rivas se une a los actos conmemorativos haciendo un recorrido histórico por la historia de este proyecto urbanístico y cooperativo que ha sido referencia en urbanistas contemporáneos.

La idea de la urbanización surgió en la cabeza de Armando Rodríguez Vallina, exiliado a París durante la dictadura de Franco y posterior profesor de Urbanismo de la Universidad de la Sorbona. El crecimiento de las grandes capitales europeas ante el nuevo éxodo rural y los efervescentes cambios sociales que experimentaba el pueblo francés, llevaron al gobierno galo a encargar a la universidad una planificación territorial que diera respuesta a las necesidades vitales de los ciudadanos. En ese magma, Rodríguez Vallina, influido por estas tendencias y por varias filosofías utópicas del urbanismo, gestó un proyecto que haría realidad en el caso de que lograra volver a España. Solo quedaba saber dónde, porque no era fácil encontrar una ubicación que permitiera poner en pie una idea de ese calado.

“Pensé en hacer una cooperativa social en un municipio junto a Madrid. Tenía que ser un espacio que no estuviera condicionado por otros ámbitos urbanísticos y, por tanto, debía ser una célula urbana con todos los servicios funcionando, que tuviera capacidad de generar actividad a su alrededor, y con equipamientos que fueran propiedad de los cooperativistas. Además, tenía que ser un proyecto modular en función de las circunstancias. Cuando llegué en 1977, di una conferencia sobre mi idea de ciudad y uno de los asistentes me dijo que tenía una parcela en Rivas -denominada ‘Valdelázaro’- que podía prestarse a ello. Vi que Rivas era una zona que estaba en un estado desastroso y que carecía de infraestructuras”, explica. No era un terreno sencillo. Prácticamente, suponía construir una ciudad en un desierto con un suelo frágil, duro y traicionero (especialmente, en la margen que hoy día es la zona de Dolores Ibárruri) que era pasto de la escorrentía cada vez que había tormenta y de los vendavales que, como el de 1987, arrasaban con todo a su paso.

Reorganizó el proyecto para adaptarlo a las circunstancias y negoció, después de varios tiras y aflojas, un pago de 730 millones de pesetas a pagar en cuatro años (la cifra inicial era de 1.500 millones) por una finca de 130 hectáreas en la linde entre Madrid y Rivas junto a la que pasaban las aguas residuales de Vicálvaro. Allí se concentrarían 4.500 viviendas, una cantidad suficiente para que, tanto la construcción, como el desarrollo de las infraestructuras fueran viables económicamente. Tendría 30.000 metros cuadrados de equipamientos, 300 tiendas y hasta piscinas. “Para conseguir el dinero, conseguí que Comisiones Obreras me diera un local y fui contactando con posibles interesados a través de comités de empresa. Puse como condición a los cooperativistas una entrada en dos plazos de 16.000 pesetas y luego 35 letras hasta conseguir el veinte por ciento del coste de cada piso, con garantía de devolución en caso de no continuar. Si llegaban a esa cantidad, el banco les podría dar la hipoteca del otro ochenta por ciento. El sistema desbordó las expectativas”, incide Rodríguez. “Los sindicatos fueron el granero de cooperativistas inicial del proyecto, que luego atrajo a un perfil de población que buscaba viviendas baratas. El sistema generó confianza porque la entrada y la cuota eran bajas. No obstante, se mantuvieron los que tenían un trabajo fijo y, de hecho, la gran mayoría de vecinos que fuimos éramos funcionarios o trabajadores estables de grandes empresas. Desaparecieron los que tenían trabajos puntuales, que no pudieron pagar, y los que aumentaron rápidamente su nivel de renta, que se fueron a los chalés“, comenta Fabriciano Requejo, vicepresidente de la Junta Rectora de Covibar.

Campo a través

Con 2.000 inscritos que tenían que ir campo a través a ver el piso piloto de Covibar (hoy Casa de la Juventud) y después de una larga peregrinación de banco en banco, Rodríguez consiguió que el presidente de Caja Madrid accediese a apoyar el proyecto. El siguiente reto era llevar el agua. “Caí en gracia al entonces presidente del Canal de Isabel II, Ernesto Urbistondo, antiguo responsable en el aparato franquista, porque le interesaba lo que ocurrió en mayo del 68, y me facilitó una conexión a la red de aguas porque dio la casualidad de que iba a ampliarse la capacidad de la tubería de Vicálvaro“, prosigue el urbanista, que tuvo el apoyo del entonces alcalde de Rivas Vaciamadrid, Antonio Martínez Vera, para desarrollar el proyecto, que se situaba cerca de las vías del tren del Tajuña, para el que se habilitarían pasos subterráneos en 1993, antes de acometerse el soterramiento y la construcción de parque lineal con la llegada del Metro. Mientras tanto, las pugnas internas por el control de la cooperativa comenzaban a surgir con acusaciones de apropiación indebida de fondos, el cobro de comisiones ilegales o la elaboración de documentación falsa para incriminar a responsables del consejo rector, entre otras lindezas narradas por Rodríguez.

Foto aérea histórica de Covibar (Fuente: Covibar)

Foto aérea histórica de Covibar (Fuente: Covibar)

De tal manera, comenzó la construcción el 20 de agosto de 1980, que llevaría 14 años culminar (las obras se concluyeron en 1994, después de parones continuos por la convulsa situación municipal, aunque las primeras llaves se entregaron entre 1982 y 1983). El proyecto se articuló como una trama de zonas privadas de uso público que contenían doce mancomunidades e infraestructuras de uso común como un centro cívico (inaugurado en 1990, aunque la puesta en marcha de los comercios se hizo esperar por el bloqueo que mantuvo sobre el local la Concejalía de Urbanismo, que acabó con el cese del edil responsable en 1992) y otro cultural, bajos comerciales, un edificio de viviendas para hijos de socios con biblioteca (que, inicialmente, se ideó como un edificio de oficinas), la guardería Platero, las piscinas y hasta un economato.

En ese período, hubo que hacer malabarismos para abastecer a los nuevos vecinos (de hecho, Covibar llegó a adelantar el sueldo de los funcionarios municipales cuando el Consistorio entró en bancarrota). Hasta el año 2000, en que el Ayuntamiento comenzó a participar de los servicios, la cooperativa casi funcionaba como un segundo ayuntamiento. Plantaron el arbolado, instalaron la iluminación y hasta pusieron las aceras con el acuerdo de los vecinos. “Durante ocho años, la cooperativa daba prácticamente todos los servicios. Desde el gas, para el que se instalaron depósitos en lo que hoy es la plaza de Asturias, a la limpieza. Lo más urgente era el colegio, para el que reservamos una parcela. La constructora Ferrovial acordó adelantar la construcción a cambio de un pago posterior del Ministerio y la certeza de ser una de las constructoras de la segunda fase de Covibar. Así abrimos camino. No obstante, como la sociedad había cambiado y el impulso democrático era imparable, tomó el testigo el vecindario organizado como cooperativa. Porque este proyecto se sustentaba en lo social y no tanto en lo urbanístico, ya que todo tenía que revertir en los socios“, concluye Rodríguez. De esa cultura de autogestión a la fuerza, surgió una de las demandas más comunes de la cooperativa. “Los vecinos pagamos servicios por triplicado: nuestra comunidad como todo el mundo, la mancomunidad -que son terrenos privados y no propiedad de la cooperativa- que nos provee de servicios y los impuestos municipales”, incide Requejo. La cooperativa, por su parte, se financiaba (y se financia) con las cuotas de los vecinos por los servicios y el alquiler de locales comerciales.

El año del Mundial de fútbol, el Ayuntamiento dio luz verde a la transformación de un erial en el centro de la urbanización (donde un año antes había hecho un concierto Joan Manuel Serrat que sería la antesala de visitas culturales de primer nivel a la urbanización) en el parque de Asturias, que dos décadas después albergaría el que todavía es el reloj de sol más grande de Europa. En 1983, los vecinos de Covibar y los nuevos habitantes de la Cañada pelearon, y en algunos casos fue en sentido literal, para delimitar dónde empezaba un asentamiento y dónde terminaba el otro. El frente de ‘guerra’ se estableció en lo que son hoy las plazas de Rafael Alberti, Antonio Machado y Federico García Lorca, además de parte de los espacios de las piscinas y el terreno que hoy ocupa la Casa de Asociaciones, que en una parte antes tuvo pistas deportivas. Los vecinos de la Cañada llegaron a instalar vallas para delimitar lo que era ‘su’ territorio, denunciando incluso una ocupación ilegal. Una tropa de socios acompañados de buldózer tiraron abajo las casetas de obra y las vallas que habían instalado los entonces denominados ‘chabolistas’ para construir sus chalets, tal y como narra Rodríguez Vallina en su libro ‘Una ciudad en el desierto’. Tuvo que acudir la Guardia Civil, que acabó levantando acta del asunto. Ese conflicto abrió un período de litigios que terminó por dibujar la ‘frontera’ entre ambos ámbitos.

FOTOGALERÍA: LA EVOLUCIÓN DE COVIBAR, FOTO A FOTO

La Edad del Cobre

En 1986 ya se habían entregado 684 viviendas y, a finales de los 80, llegarían equipamientos de referencia para el barrio, como el centro de salud La Paz, para el que hubo que especificar en su naturaleza urbanística que no podía convertirse en centro sanitario de gestión privada. Hasta entonces, la cooperativa había contratado una médica que atendía en el botiquín de las piscinas para prestar el servicio médico. Luego, se trasladó a la plaza de Antonio Machado. También se construyó el instituto Las Lagunas (para el que se llegó a amenazar con la expropiación del suelo a la cooperativa con el objetivo de construir a su lado un colegio de Infantil y Primaria que luego se edificaría más abajo y que hoy es ‘El Parque’). Junto al mismo, se halló uno de los mejores yacimientos arqueológicos de la Edad del Cobre de la Comunidad de Madrid en 1988, en cuyo estudio participaron expertos de media Europa. Esta excavación puso en jaque la construcción de unas 300 viviendas. También se peleó la llegada del autobús, que tras varios cambios de parada, se terminó de implantar en Covibar cuando hubo una masa crítica suficiente, a juicio del Gobierno de la Comunidad de Madrid. La lucha que no terminó de funcionar fue la que se mantuvo por el cierre de la incineradora de Valdemingómez, en la que se volcó todo el municipio de Rivas.

Entre 1991 y 1993 fueron concluyéndose las promociones de las plazas de Blimea, Valle del Nalón y Naranjo de Bulnes. También se iniciaron las obras de la plaza de Covibar y su aparcamiento soterrado, y de unos colectores para evitar que las aguas subterráneas atacasen los garajes. Un informe municipal indicó que Covibar debía casi doscientos millones de pesetas al Ayuntamiento, pero, según Rodríguez, dicha deuda estaba mal calculada.

A partir de 1994, comenzó una nueva etapa, centrada en un modelo de convivencia, más que en el urbanismo. La cooperativa se estructuró en tres grandes comisiones operativas para dar servicios: Cultura, Deportes y Ocio, y Patrimonio. Ese mismo año, Covibar fue el epicentro de las manifestaciones en defensa de alumnos de Las Lagunas acusados de profanar el cementerio municipal de Rivas. Los colegios iban pasando de ser barracones a convertirse en edificios. En 2004, diez años después de que comenzaran las movilizaciones por el abandono administrativo que sufrían los vecinos, Madrid y Rivas Vaciamadrid acordaron un cambio de lindes para que la parte de Covibar que estaba en el término municipal de la capital pasara al municipio ripense. Se habían acabado excursiones hasta Vicálvaro para hacer papeleos y picarescas con el buzón o la cabina de teléfonos para ahorrar cuando había que ponerse en contacto con Madrid. Pero, sobre todo, Covibar se convertía en un todo unificado. En las calles principales, el Ayuntamiento construía aparcamientos para reducir la congestión de vehículos que estaban provocando el crecimiento acelerado y la motorización de la población.

Construcción del edificio 'azul' de Covibar (Fuente: Covibar)

Construcción del edificio ‘azul’ de Covibar (Fuente: Covibar)

Entre 2010 y 2011, se vivieron los momentos más convulsos en el seno de la cooperativa. La Junta Rectora que había llevado los mandos hasta entonces, se enfrentó a las iras de los socios que, al ir a sacar los carnés de las piscinas, se encontraron el vaso de 40 metros vallado. Detrás de esa acción estaba un proyecto para transformar la mitad de las piscinas en pistas de pádel, ceder el centro social para convertirlo en las oficinas de dichas instalaciones, y externalizar su uso a una adjudicataria. La idea que se trasladó era la sostenibilidad económica del proyecto Covibar. Tras una asamblea muy tensa en la que los socios rechazaron la propuesta, la Junta Rectora dimitió, se convocaron elecciones para el mes de septiembre y los socios eligieron por mayoría una nueva junta que denunció que los planes del anterior equipo directivo, para los que ya había preacuerdos firmados, pasaban por municipalizar el resto de las piscinas (las de Covibar 2, por ejemplo, sí fue cedida), el gimnasio (creado en 2001) y la sala Covibar, a cambio de asumir el coste de mantenimiento. El resto del patrimonio de la cooperativa, siempre según la versión de la nueva directiva, iría a una fundación.

Agujero financiero

El equipo actual paralizó todos estos proyectos, prescindió de la gestora que llevaba la administración de Covibar y asumió la gestión íntegra del proyecto cooperativo. Posteriormente, vendrían una serie de asambleas muy agresivas en las que hasta tuvo que acudir la Guardia Civil. Fue el caso de la celebrada en junio de 2011, que tuvo como colofón el Club Deportivo Covibar, que gestionaba equipos de fútbol, baloncesto, atletismo, karate, natación, tenis de mesa y hasta fútbol sala. Este organismo se creó como una entidad distinta a la cooperativa para responder a las peticiones de los socios en materia deportiva, siendo gestionado por miembros de la antigua directiva hasta que, en esa sesión asamblearia, se rompió con esta organización, que acumulaba un agujero financiero de un millón de euros que nunca se restituyó a la cooperativa. La nueva junta rectora reformuló los servicios que prestaba a nivel deportivo para desvincularse de la anterior organización tratando de no privar a los socios del deporte. Poco después, el 12 de abril de 2012, partidarios de la anterior junta rectora crearon la asociación ‘Amigos de Covibar’ (denominada después ‘Amigos de la Cooperativa’), que tiene local en la Casa de Asociaciones, edificio que, por cierto, el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid construyó en terreno ‘ocupado’ de la cooperativa, tal y como reconoció el Gobierno municipal en el pleno del mes de abril.

Desde entonces, tal y como explica Requejo, el discurrir de la cooperativa ha sido razonablemente tranquilo, aunque no sin desencuentros. El nuevo Ejecutivo municipal ha negociado con la cooperativa la inversión de fondos regionales y europeos en la mejora de espacios comunes. Principalmente, para la mejora de la accesibilidad del ámbito. Además, la cooperativa sigue gestionando las escuelas y proyectos deportivos (fútbol y senderismo, fundamentalmente), las actividades culturales (Reyes Magos, viajes, certámenes literarios, exposiciones, talleres, rastrillo…) y sociales (con convenios con asociaciones como Aspadir o la Casa de Andalucía). El futuro pasa por consolidar los servicios obtenidos para los socios, replantear urbanísticamente la plaza anexa al centro cívico y reducir los subarriendos que aún perviven en algunos locales comerciales.

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