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rmando Rodríguez Vallina

Armando Rodríguez Vallina (©Planeta Rivas)

Armando Rodríguez Vallina (Blimea, 1932), ideólogo y fundador de Covibar, acaba de ser reconocido con una calle (la antigua avenida del Deporte), que desde hace un par de meses lleva su nombre. A sus 85 años, continúa en activo al frente de Covibarges, empresa desde la que sigue construyendo viviendas en la misma localidad donde un día decidió materializar su sueño de ciudad. En esta entrevista, recuerda con Planeta Rivas la gestación de un barrio que a día de hoy sigue siendo un modelo urbanístico, y repasa algunos temas de la actualidad ripense.

El actual presidente de la junta rectora de la cooperativa, Jorge García, afirmó en una entrevista que Rivas no puede entenderse sin Covibar. ¿Opina lo mismo?

Es evidente. Rivas dio con Covibar el primer paso para recuperarse de su situación de abandono. La ciudad era un lugar en el que se vertían al aire libre y sin control todas las basuras de Madrid; las aguas residuales de la capital circulaban por estos campos, los olores eran insoportables y nadie pensaba que podía prosperar un proyecto como este. Me decían que era imposible que nadie quisiera venir aquí a vivir, y nadie se imaginaba que podría llegar a tener las condiciones de vida que Rivas tiene hoy día.

¿Cómo fue su empeño en sacar el proyecto de Covibar adelante?

Tuve que abandonar mi país y así, en Francia, pude formarme profesionalmente en urbanismo y economía. Me propuse que, si un día podía volver a mi país, quería hacer realidad aquello que estaba enseñando sobre el desarrollo de las ciudades, si era posible y me quedaba tiempo al regresar con una edad adecuada. Allí, en París, me decían: “Pierde la ilusión, Armando; aquí, seguramente, tendrás que quedarte para siempre”. Y yo pensaba que no. Así que fui preparando la idea a partir de un desarrollo urbanístico a unos 80 kilómetros de París en el que había estado trabajando durante tres o cuatro años, que podía ser interesante para desarrollar una actuación urbanística en España. Para mí no consistía solo en vender unas viviendas; tenía que ser una actuación importante en la que todo lo que se construyese fuera propiedad de los compradores de las viviendas; es decir, que tuviera una gestión propia para que el día de mañana pudieran desarrollar una actuación dentro del conjunto de esas viviendas. Para ello, debía encontrar un lugar idóneo. Después de visitar ciertos municipios de Madrid, vi que no me valía nada de lo que allí había; además, había que tener la certeza de poder adquirir el suelo y poder edificar. La primera negociación se produjo tras una conferencia que di en Tirso de Molina sobre desarrollo urbano; un señor se me acercó y me dijo que tenía un terreno de 130 hectáreas, pero cuando vi la finca fue desilusionante. Volví a París pedí una excedencia de la universidad y, cuando me la concedieron, ya no di un paso atrás. Me prometí que en cinco años terminaría el proyecto y, si no, regresaría a París.

¿Cómo abordó esa primra fase?

Cuando me puse a ello, me di cuenta de las dificultades que tenía el proyecto; yo pensaba que era muchísimo más simple y fácil. Cuando ibas a los bancos para hacer alguna gestión, te dabas cuenta de que para ellos no significabas nada. Cuando ibas a Gas Madrid y les proponías un proyecto, no le daban importancia; en el Canal de Isabel II me ignoraron y luego me dijeron que había muchos ayuntamientos esperando antes que nuestro proyecto. Al final conseguí una reunión con el presidente del Canal, porque la luz y el gas iban a venir antes o después. Si éramos capaces de conseguir que en un lugar apartado, a cinco kilómetros de Vicálvaro y Santa Eugenia, se construyeran cuatro casas, eso ya atraería a gente y la expansión de alrededor sería rápida, pero tenía que dar a esta urbanización los equipamientos necesarios para que funcionase, comercio y servicios para cultura y deporte. Las condiciones de vida debían ser agradables para que los vecinos y los inversores quisieran venir a realizar actuaciones colindantes; así sería el nacimiento de una ciudad.

Armando Rodríguez Vallina

Armando Rodríguez Vallina (©Planeta Rivas)

¿Cómo lo logró?

Hubo que negociar el precio del suelo, porque nos pedían mil quinientos millones, a la vez que negociaba las infraestructuras. E terreno era en ese momento totalmente estéril y el precio final fue de 750 millones, un tercio de lo que pedían en otros lugares. Después, lo primero que hice fue un estudio de la red de agua desde Vicálvaro con depuradora, la instalación del puente y la traída de aguas y su coste, y vi que salía adelante. Envié una carta a los secretarios generales de los sindicatos UGT, Nicolás Redondo, y de CCOO, Marcelino Camacho, para que me dejasen un local para presentar un proyecto a los trabajadores. Redondo no contestó, pero Camacho me dijo que tenía un local en la calle Españoleto número 23, y allí me instalé. Fui pidiendo reuniones con los comités de empresa de todas las grandes compañías; luego empecé a dar charlas para exponer el proyecto y comenzó a llenarse. Después, con los bancos negocié el préstamo hipotecario porque, si no, era imposible hacerlo en tiempo. Abrí una cuenta en la calle Alcalá 213 y todas las personas que se inscribían aportaban entre seis y diez mil pesetas y firmaban cuarenta letras. Cuando tenía unas dos mil, llamé al presidente de la Caja de Ahorros de Madrid y le dije que quería el préstamo o al día siguiente buscaba a otro banco con ese volumen de socios. Ahí ya sí me hicieron caso y nos aseguraron el préstamo de las dos mil primeras viviendas. Así fui pagando la finca, porque había negociado una entrada y luego cuatro años de entrega de cantidades. Ya con esas condiciones, los partidos y los sindicatos querían acercarse a mí. Yo era militante del Partido Comunista y había estado en el exilio, pero para hacer esto no quería pertenecer a nadie, porque si los partidos se metían iba a ser un fracaso. Lo he visto en Bélgica y Alemania, donde, tras la Segunda Guerra Mundial, hacían empresas poniendo al frente a militantes, lo que ocasionó un fracaso total y muchas pérdidas al no haber puesto a profesionales y, al final, tuvieron que recurrir a ellos. Covibar tenía que ser hecho por profesionales, porque sin conocimientos ni perspectivas, terminaría mal y toda la gente que había captado para el proyecto podía verse perjudicada. Por lo tanto, les dije a los partidos que no.

Covibar es un modelo de ciudad en sí mismo y un referente para los arquitectos jóvenes. ¿Cuáles son sus claves?

Si tú trabajas en un municipio donde ya están identificados el estilo y las estructuras, no se puede hacer nada, porque el político quiere hacer su idea y tiene en su mano las aprobaciones. En mi caso, al trabajar desde cero, pude planificar sobre el territorio, organizarlo, calcular cada manzana, los servicios y comercios, el núcleo inicial de 300 viviendas para que cada bloque pudiera hacer su propia comunidad y organizarse. Así se podía fomentar una convivencia sana. Además, la manera de evitar que se desorganizara el conjunto es que fuera propiedad de los socios, y que, a la hora de organizarse, hubiera un equipo directivo y que las comunidades fueran independientes y gestionaran su propia vida. Eso consolida una situación de relaciones bastante más solidarias que las que pueden tener una calle o un edificio ordinario, porque, si no, se impulsa que cada uno viva como pueda. Por eso, lo primero era preparar un lugar deportivo para tener un lugar donde pasar el verano, ya que los interesados eran, sobre todo, parejas jóvenes, y el número de niños iba a ser importantísimo. Eso también implicaba la necesidad de construir colegios. La administración nos decía que eso tardaba tiempo pero, al final, llegué a un acuerdo con ellos y me dijeron que se tardaría tres años en tener colegio. La cooperativa adelantó el dinero y después se firmaría un convenio por el cual después nos lo devolverían; a su vez, llegué a otro acuerdo con la constructora por el que se construía el colegio y se les pagaría en tres años, cuando pagase el Ministerio. Aceptaron y así se pudo ir haciendo. Mientras tanto, se iban entregando viviendas y se instalaron unos barracones donde hoy están la plaza y el centro comercial de Covibar para que los niños estuvieran en unas condiciones de seguridad. También cedimos un local para que viniera el médico y atendiera las cosas del día a día. Para construir el mercado, constituimos una cooperativa de consumo dedicada a hacer frente al principio a las necesidades de los vecinos, porque no se sabía cuánto iban a tardar en instalarse los comerciantes. Nosotros construíamos y gestionábamos locales. Mientras negociábamos el centro de salud, planificamos la parcela y la plaza para poder instalarlo.

¿Cree que hoy día sería posible un nuevo Covibar?

Creo que sería difícil, porque las condiciones son totalmente diferentes. Una apuesta tan importante como esa hoy día se consideraría de locos. En su momento fue posible, pero cambió la coyuntura y proyectos similares fracasaron; en algunos casos han llegaro a llamarme de algunas cooperatvas para que les resuelva el problema, pero ,viendo cómo habían montado la estructura, les decía que era imposible y que eso no podía salir adelante. También me llamaron de la Comunidad de Madrid y algunos ayuntamientos, pero preferí ser yo mismo y salir adelante con lo que tenía, siempre que tuviera perspectivas de hacerlo como yo creía que era adecuado para extender la ciudad. Para hacer una cosa como esta, también tienes que tener la libertad de que el municipio te deje organizarlo, cosa que no es fácil de encontrar. Hoy día, el planeamiento en cualquier parte de España ahora no te lo permitiría, porque no te da la libertad de planificarlo tú. Además, las condiciones económicas actuales tampoco lo permitirían.

El barrio de Covibar sigue ahí, y también pervive la cooperativa. ¿Qué opina de su funcionamiento actual? ¿Es tal como usted la había imaginado?

Sí, aunque surjan problemas, pero eso es natural y sin ellos no habría vida. En el Covibar actual hubo unas luchas de poder entre equipos que les llevó a despidos y expulsiones. Con el tiempo, las cosas van consolidándose y, cuando van bien, todo el resto se va olvidando; pero es a costa de trabajo y después de situaciones bastante complicadas. Aun así, la pervivencia de la cooperativa está garantizada por ese patrimonio que tiene, que debe vigilarse y cuidarse para que se puedan desarrollar más actuaciones culturales, deportivas… Creo que ahora, de nuevo, está funcionando bien. Hubo un momento en el que la ilusión del equipo anterior era llegar a condiciones un poco difíciles, como tener equipos de primera de baloncesto, etcétera; pero eso, en una urbanización de estas características, son gastos muy elevados que deben dedicarse a mejorar las condiciones de los asociados, a una política cultural y deportiva más desarrollada, juventud… Y que las actividades no cuesten apenas dinero a la gente: las piscinas, el cine… A todo eso debe ir el dinero de la inversión de los espacios comerciales. Por eso tiene que haber en el equipo gente que tenga claro ese concepto. En los últimos dos o tres años ha mejorado; lo que hay que intentar es que el centro cívico, que está muy sucio, se cuide más, y ahí es donde pueden hacer inversiones, y que el Ayuntamiento tome medidas porque no se puede consentir esa degradación urbana sin hacer nada.

Armando Rodríguez Vallina

Armando Rodríguez Vallina (©Planeta Rivas)

¿Qué opina del actual Plan General de Ordenación Urbana de Rivas?

Es un plan general de tiralíneas. Yo, por ejemplo, cogería unas parcelas, las unificaría y crearía una especie de comunidad de vecinos, con pequeño comercio, en vez de empezar a tirar calles como locos. Es decir, sería el estilo de tres o cuatro manzanas conjuntas de Covibar. El alcalde no es culpable porque no estaba y yo me ofrecí a trabajar cuando se redactó ese plan, pero nunca me llamaron. Cuando ya está acabado, toca ajustarse a eso, y desde Covibarges empecé a desarrollar actuaciones que no tenían nada que ver con lo que yo quisiera a la hora de organizar un urbanismo adecuado para la ciudad.

¿Qué proyectos está abordando ahora?

Estamos intentando que la comunidad que está en las manzanas que desarrollamos tenga las mejores condiciones posibles. Lo ideal sería tener una planificación urbana en la que, cuando llegue un partido político que, probablemente, no tiene ni idea, pudiera explicarle los planes de construcción para urbanizar una ciudad desde las políticas de convivencia, para evitar que la gente vive aislada. Este plan general es de lo más absurdo, con un 70 o el 80 por ciento de vivienda individual, lo que significa un coste elevadísimo de mantenimiento. Eso supone subir los impuestos para hacer frente a los gastos. Así, van a pagar los ciudadanos de todo Rivas, y si se les incrementa la tributación al doble, a lo mejor tienen que marcharse. Para hacer una planificación de suelo de un municipio hay que poder hacer frente a los gastos. Si lo planifican poniendo viales por todas partes, que cuesta muchísimo construir, no se puede mantener. Se pueden buscar alternativas, como, por ejemplo, lo que se hizo en la ‘plaza de las Ranas’, donde se pudo hacer zócalo comercial, espacios infantiles, zonas verdes, en un ámbito de casas a distintas alturas. Así se aprovecha el terreno de la forma más barata posible. Pero si trazas viales, matas la vida de los bloques porque motorizas la zona. Por otro lado, ¿cómo se plantear un polígono industrial en el centro de un desarrollo y no en un extremo que conecte con grandes vías de comunicación como la M-50? Si no pensamos que todo tienen que ser chalés, es más fácil. No se pueden hacer las cosas de cualquier manera; hay que plantear lugares para vivir en las mejores condiciones posibles.

Acaba de firmarse el Pacto por la Cañada Real, un aspecto con el que también tuvo que lidiar a la hora de construir Covibar. ¿Cómo ve esta iniciativa?

Todo lo que sea un paso adelante es interesante, pero no es fácil ahora dar solución a algo que debió hacerse en su momento. Cuando se construyó Covibar apenas había droga y hoy está más concentrada en lugares concretos. Si no solucionan eso, ¿cómo pueden decir que están capacitados para gobernarnos? Lo que tendría que hacerse es estudiar de nuevo cuáles son las condiciones para poder introducir dentro de cada uno de los municipios afectados la parte que le corresponde y un desarrollo urbanístico que le permita tener los equipamientos y comunicaciones, tirar todo lo que no vale e, incluso, fomentar alguna vivienda social que permita vivir a los que no tengan las condiciones necesarias darles una vivienda. Hay que dar una solución porque la administración es culpable de que estén ahí, ya que no tomó medidas en su día. La Cañada no se puede mantener como está porque es inhumano para los habitantes y está perjudicando a otros miles de vecinos colindantes que sufren las consecuencias en su lugar de residencia. Aquí se han instalado con lo puesto, porque no tienen medios económicos, pero no solo hay ese perfil; también hay personas que se han instalado porque lo han decidido, aunque sea elegir unas condiciones pésimas de vida. Las administraciones tienen que continuar con el proyecto; es más, si es posible, en Rivas hay bastante espacio.

Recientemente le han puesto su nombre a la antigua avenida del Deporte. ¿Cómo recibe este reconocimiento?

Es natural que los reconocimientos tarden en llegar porque la política es compleja, ambiciosa y mezquina, y, cuando hace ocho años se propuso, se dijo que no. Yo prefiero que los vecinos me hagan ese honor poniéndole mi nombre a un centro a que el Ayuntamiento lo haga de forma obligada políticamente; pero esta vez, no obstante, no han sido solo los vecinos de Covibar sino también los de Covibar II. Finalmente, se ha arreglado.

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