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Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

La finca de El Porcal ha sido famosa durante su extensa historia por ser la más feraz de la parte alta de la comarca de Las Vegas del Jarama. Situada al sur de Rivas, en la margen izquierda del río, su extensión, que ha oscilado entre las 385 y 456 hectáreas, en función de sus cambios de lindero, fue objeto de deseo y pugna durante siglos entre Madrid, Vaciamadrid, Arganda del Rey y San Martín de la Vega.

 

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Somallao Día de la Madre

Y es que hasta hace apenas cincuenta años, El Porcal fue un vergel a pie de río repleto de flores, árboles frutales y tierras de labor en las que agarraba casi todo producto agrícola. No es una descripción idealizada, a tenor del brillo en los ojos y la pasión con los que narran su vivencia algunos de sus habitantes, de distintas generaciones. Diario de Rivas ha visitado El Porcal y ha hablado con sus antiguos pobladores para explicar su gestación como centro neurálgico de la actividad del Sureste durante décadas.

Sería lógico hablar de que la toponimia de El Porcal procede de la cría de cerdos. La zona de Rivas y Vaciamadrid siempre fue espacio de cría porcina. No es casualidad que la leyenda fundacional del culto a Santa Cecilia en la comarca narre cómo un pastor de cerdos halló en los cortados de Rivas de Jarama una efigie de la misma en 1156 d.C., lo que motivó la creación de una ermita en su honor (De Pablo, 2002).

Además, la finca llegó a ser porqueriza con el objetivo de obtener animales de categoría superior, aunque no fue nunca su principal actividad. De hecho, los habitantes denominaban a la explotación porcina del ámbito, ubicada cerca de la Presa del Rey, como ‘las gorrineras’. Otra teoría alternativa defiende que el topónimo procede del cultivo en tiempos de la ‘ciruela porcal’, mientras que una tercera derivada defiende que la etimología derivaría del vocablo latino ‘portionis’, que significa ‘pedazo de tierra’.

Restos arqueológicos de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Restos arqueológicos de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Según los registros fósiles que alberga el pequeño museo de la finca, la zona estuvo habitada durante el Neolítico (hay restos de pequeños útiles líticos, entre los que destaca una pequeña hoz de mano de sílex) y en la Alta Edad Media (se han hallado piezas de cerámica no depurada de época visigoda y fragmentos vidriados y pintados a trazos de cerámica emiral de los siglo IX y X, similares a las halladas en yacimientos como la zafra de Ribas de Jarama y La Marañosa -1998-).

La siguiente referencia histórica, investigada en profundidad por el cronista de Rivas Vaciamadrid, Agustín Sánchez Millán, es una serie de cédulas reales durante el reinado de Juan II de Castilla. La ciudad de Madrid, propietaria del terreno por ser parte de su alfoz, obtuvo reconocimiento de los linderos de la finca, que funcionaba como espacio comunal con categoría de ejido (un campo común que no se labra y donde se reúnen los ganados y se establecen las eras). Abundaban los madroños, los tarayes, los fresnos, las encinas y los árboles de ribera (Altares, 2021). En 1489, ya convertida en un propio (propiedad municipal) del Concejo de Madrid, una provisión del Consejo de Castilla consideró El Porcal como «el principal término de esta Villa». Es decir, la propiedad más preciada de la futura capital, lo que provocó numerosos pleitos por este espacio.

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Allí llevaban a pastar su ganado los sesmeros madrileños (sobre todo, vallecanos), previo registro y abono de cuotas. Todos los beneficios iban al sostenimiento de la parcela. Sin embargo, las ocupaciones ilegales y la mala praxis de pastores y ganaderos infractores llevaron a la finca a la ruina. Aprovechaban la denominación del soto en 1525 como espacio para el abasto de carnes para hacer un uso excesivo del ámbito. Se perdieron sus álamos blancos, sus sauces y chopos. El rey Felipe IV dio orden a Madrid de acotar el territorio para tratar de salvarlo.

Sin embargo, su mal estado se extendió hasta el reinado de Fernando VI, cuando el procurador general de Madrid, Antonio Gaspar de Pinedo, consiguió la evacuación de los ganados ‘okupas’; y el acotamiento, vigilancia y cierre de este soto y el de El Negralejo para su recuperación. También hubo conflictos jurídicos en este período con el Monasterio de El Escorial por el control de la parcela limítrofe del Rincón de los Ciervos, adquirida por Felipe II. Así como los perennes enfrentamientos con los ganaderos de Arganda y con este municipio por el uso mancomunado de la finca de las Madres Viejas (hubo un convenio de copropiedad en 1770, después de actos de concordia de apeos en el siglo XVI).

Herrería de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Herrería de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Desamortización

El Porcal se recuperó, aunque los gobernantes del Madrid de principios del siglo XIX lamentaban su poca rentabilidad, por lo que se propusieron arrendarlo. En 1845, en la documentación municipal de la capital constaba su alquiler por 54.500 reales. En el expediente en el que se cita dicho acuerdo, consultado por este periódico, se cita un inventario de 13.321 árboles (álamos blancos y negros, fresnos, chopos y bardagueras), además de pastos y espacios de caza y pesca.

Finalmente, una Real Instrucción, fechada el 3 de junio de 1855, derivada del proceso desamortizador de propios y comunes municipales iniciado por el ministro de Hacienda, Pascual Madoz, inició el proceso de enajenación del ámbito, que fue adquirido por José Amé el 23 de febrero de 1856 por 3,11 millones de reales (su tasación inicial había sido de 6,74 millones de reales).

El documento de venta incidía en que la finca, bautizada por entonces en su zona poblada como ‘El Raso’, contenía «una casa principal con dos habitaciones independientes para guardas, habitación de hospedaje con planta baja y principal, oratorio (hay referencias al mismo desde 1670; contaba con frontal y misal; fue saqueado en la guerra de independencia española) con sacristía, cámaras altas, pozo, cuadras (para ganado de labor: bueyes y mulas) y servidumbre de casa de regadío». En esta compra, El Porcal se desgajó de la parte que le correspondía de lo que hoy es la laguna de Las Madres, de Arganda.

Establo de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Establo de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Amé vendió la finca en 1865 al diputado mallorquín Miguel Roselló y Cervera. En este momento, contaba con 396 hectáreas (172 cultivadas), una huerta, un tejar, una plaza, cinco casas, siete edificios y dos patios. El complejo tenía dos accesos que confluían en una plaza circular que continuaba en un solo camino. En esta documentación consta por primera vez un inmueble a la entrada, después conocido como Casa del Árbol por el enorme olmo centenario que le daba sombra.

En 1867, la finca contó con su primer maestro y Roselló obtuvo permiso administrativo para construir una presa junto a las fincas de El Piul y La Tiesa, y un canal para regar sus propiedades. En su construcción, se produjeron conflictos usos con Arganda que retrasaron su construcción hasta 1876. Solo tres años después, en 1868, El Porcal volvió a cambiar de manos y su propiedad recayó en José Beronda. El rastro de su compraventa desaparece en archivo hasta 1906.

La venta de la finca a manos privadas transformó la fisonomía de El Porcal. Se edificaron entre cincuenta y sesenta viviendas para trabajadores. Casas de ladrillo con zócalo pétreo y paredes encaladas, de una o dos alturas, con tejados cerámicos (con el tiempo se instalaron piezas de uralita para mejorar la estanqueidad) y lavaderos comunitarios, tal y como expone Ana Altares en su excelente estudio arquitectónico sobre el ámbito. El edificio más grande dedicado a este concepto fue ‘El Palomar’ con capacidad para 24 familias, que fue derruido en los años 70 del siglo XX.

Antigua escuela de la finca de El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Antigua escuela de la finca de El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Se roturaron los sotos y los pastos fueron convertidos en tierras de cultivo para el maíz, la alfalfa, la patata, los cereales y, desde principios del siglo XX, la remolacha para abastecer a la recién inaugurada fábrica azucarera de La Poveda. Cuando llegaba la época de la recolección de este último fruto, la fábrica instalaba un ferrocarril interno provisional en la finca para que transportasen las vagonetas con el producto hasta las vías del tren de la azucarera. También se construyeron cuadras, apriscos para ovejas, porquerizas, cámaras de grano y almacenes. Se intentó que el ámbito fuera autosuficiente, comprando solo lo imprescindible a vendedores ambulantes y contratando un médico que pasaba consulta tres días en semana.

Frutales y fortines

En 1912, la propiedad estaba en manos de Manuel Suardíaz, ingeniero industrial, que aumentó las roturaciones y allanó tierras para ponerlas en regadío con el agua que venía por un caz desde la presa del Jarama, ubicada entre las fincas de El Piul y El Palancar. También hizo defensas para preservar la finca de las crecidas del río. A pesar de ellas, las riadas de 1914 y 1947 anegaron la finca y hubo que evacuarla. Creó un establo para vacas de leche y engorde, además de toros bravos. Creó un sistema de vagonetas que, por vías, trasladaba las basuras hasta el estercolero. Sin embargo, una epidemia de fiebre aftosa acabó con este ganado.

Continuó con el ovino, que era gestionado por pastores, los cerdos y creó una granja de gallinas. Ya en los años 30, creó una fábrica de conservas e introdujo tomates, alcachofas y espárragos con vistas a su comercialización. Plantó árboles frutales (llegó a haber 5.700 ejemplares) que daban distintas variedades de peras y manzanas. También tuvo un huerto particular donde cultivaba higueras, cerezas, nueces, avellanas y otros muchos productos. La intención de todos estos proyectos buscaban industrializar El Porcal para convertirlo en una marca de productos agrarios de prestigio.

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

El proyecto se vino abajo con la guerra civil. La finca fue incautada y colectivizada hasta febrero de 1937, en que la batalla del Jarama convirtió El Porcal en frente de guerra. Se crearon fortines en las casas y trincheras en las eras, y se minó la zona. La iglesia fue incendiada y la escuela, las casas de La Perla y del Árbol acabaron en ruinas. Se han hallado vestigios de este combate que se exponen en el pequeño museo de El Porcal que ha construido Cementos Portland Valderribas. Los habitantes tuvieron que ser desalojados y muchos de ellos recalaron en fincas cercanas, en La Poveda, en Arganda, en Chinchón y en Morata de Tajuña.

La vida en este Porcal gestionado como una finca de explotación fue buena hasta la guerra. La mayor parte de los trabajadores eran emigrantes de distintos puntos de España, según Sánchez Millán, que fue secretario de uno de los nuevos gestores. Las familias cocinaban en fogones de leña. Se comía todo tipo de productos. «Nunca sobró, pero nunca faltó de comer», explica Lucía Castilla, nacida en El Porcal en los años 40.

Además de las famosas gachas con harina de almorta, era común comer en el día a día garbanzos, lentejas y judías, patatas guisadas, huevos de gallina, algunos tipos de carnes y frutas. En fiestas, se comían pavo o pollo de corral, y, en ocasiones especiales, algún cordero.

Fin de cosecha en la finca El Porcal (fuente: Luis Altares)

Fin de cosecha en la finca El Porcal (fuente: Luis Altares)

El resto de las casas era, por lo general, un conjunto de dos habitaciones que servían de dormitorio y para hacer vida. La casa del dueño, llamada popularmente ‘La hospedería’, era más grande. Contaba con suelos con loseta cerámica de mucha calidad, cristalería y rejería. También contaba con una casa de mejor calidad la maestra. No había agua corriente, ni servicios: se usaron orinales y barreños o, directamente, el campo, para el aseo hasta finales de los años cincuenta, que se construyeron baños comunitarios; y finales de los sesenta, en los que se introdujeron unos anexos a las casas con ducha, lavabo e inodoro.

El agua se cogía con cántaros de las acequias o del río. Se lavaba la ropa en tablas de zinc y, cuando pasaba el tren por la finca, las mujeres sacaban barreños para que condensara el vapor y así tener agua caliente. Las niñas recogían la carbonilla que desprendían los convoyes para alimentar los braseros. «Nos bañaban por las tardes de verano en las cochiqueras, detrás del establo (el almacén general), después de que limpiaran a los gorrinos por la mañana», relata Juan Miguel Rojas, nacido en 1951 en la finca e hijo del responsable de la cantina.

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

La sirena del trabajo

La convivencia vecinal era buena, solidaria y rutinaria. Hombres y mujeres trabajaban de sol a sol en el campo (o en casa, en el caso de algunas madres), desde que sonaba la sirena que llamaba al trabajo y que se oía a kilómetros a la redonda. El Porcal llegó a dar empleo hasta a 500 personas, que venían en andando desde Arganda, Chinchón, Morata de Tajuña y todas las fincas colindantes.

Mientras, los niños deambulaban por las fincas jugando a innumerables juegos (pídola, escondite, esconde correo, peón, canicas…) e iban a coger flores o con la bicicleta a cazar jilgueros. La primera escuela de la finca como tal se construyó en 1933 en la Casa del Árbol (denominada Felisa-Manuel, en honor a los padres del dueño), además de una iglesia.

En los ratos de descanso (recordemos que la jornada de ocho horas diarias y 48 semanales se implantó en 1919 en España), los adultos se sentaban a charlar ante las puertas abiertas de las viviendas, bajo las acacias. O platicaban en la arboleda de la cantina, donde, también, jugaban al tiro de barra o al frontón con la mano en la tapia. Dentro del establecimiento, se jugaba al mus o se echaba un trago.

La cantina era el centro neurálgico de la actividad económica de la finca, pues allí se hacían encargos y se compraba tabaco (era la administración número 1 de la zona de Arganda). Rojas explica cómo, de niño, tenía que ir al almacén argandeño a hacer las sacas.

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

El Porcal era la finca que contaba con el mejor campo de fútbol de la zona porque tenía hierba. Llegó a tener equipo propio (creado en 1943) y, en sus instalaciones, vino a jugar varios partidos amistosos el Atlético de Madrid. En esos casos, los jugadores de El Porcal eran acompañados por las ‘madrinas’: chicas jóvenes de la finca que se ponían un vestido y una flor en la solapa para acompañarles al partido.

Los domingos bajaba un cura de Arganda para dar misa, que, por las tardes, se llevaba a los chavales al cine a Madrid. Había carreras de bicicletas y bailes con organillo en la calle de La Rana. Algunos vecinos iban a pescar barbos y carpas al río. Además, cada familia trabajaba en sus horas muertas la media fanega de huerto que se les cedía para completar sus ingresos. Junto a ellas, había espacios arrendados a colonos para cultivar remolacha o maíz.

Cartillas de racionamiento

La guerra devastó la finca, que se reconstruyó parcialmente. Los herederos del anterior propietario, se hicieron con la dirección del complejo. Despidieron a los colonos y gestionaron directamente con nuevos trabajadores, sobre todo, procedentes de Cuenca y Extremadura, explica María Luisa Llorente, maestra en El Porcal desde 1968. Lo primero que hicieron fue plantar cultivos de rápido crecimiento para garantizar la comida a los obreros y surtieron la cantina («venían hasta de Madrid a comprar porque tenían cosas que no se podían encontrar en otros sitios», relata Rojas), donde se gestionaban las cartillas de racionamiento.

Cantina de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Cantina de la finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Se redujo la superficie de las viviendas para crear otras nuevas y acoger a más de cien familias. Fueron años de precariedad, aunque el lugar siguió contando con lo básico (se dio pan adicional al racionamiento a los habitantes y carne de oveja a cuenta), incluida la asistencia médica, pues los dueños cumplieron con el establecimiento del seguro de enfermedad. También se mantuvieron los huertos familiares, donde se sembraron productos no intervenidos por la Comisaría de Abastecimientos, como tomates, pepinos, pimientos, judías verdes y melones.

El Porcal dio en la Posguerra trabajo a jornaleros externos, incluidas personas señaladas por el régimen, viudas y mujeres con sus familiares encarcelados. Los traían a la finca en remolques. También, temporeros de Navarrevisca para recoger la alfalfa, orensanos para segar el trigo y la cebada, y murcianos de Abarán y la Blanca para recoger la fruta. Estos, se alojaban unos barracones especialmente preparados. Al final de la cosecha, los dueños invitaban a una comida a todos los trabajadores para celebrar el fin del ciclo agrícola.

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

El Porcal se electrificó en 1949 y el primer teléfono llegó en 1951, pero la falta de nuevas inversiones por parte de los dueños (cuatro propietarios), la liberalización del campo, el aumento de los salarios agrarios por el éxodo rural y el cierre de la fábrica de La Poveda provocaron que, en los años 50, la explotación entrara en declive. Además, la creación del Centro Emisor de Radio Nacional de España, en 1954, supuso la expropiación de parte del complejo. Ese hecho pudo disuadir a los dueños de recuperar algunos edificios, según Altares (2021).

A pesa de las inversiones y proyectos para intentar recuperar la pujanza que otrora hizo famoso El Porcal (desde una explotación de cría de gallinas, llamada Granja Avícola Aurora, hasta una ‘ganadería diplomada’ de cerdos de crianza y raza, la finca ya no volvió a ser competitiva. A eso se unieron las desavenencias entre los propietarios, que derivaron en su venta por cien millones de pesetas a la Compañía Industrial de Abastecimiento S.A. (Cindasa), que se dedicaba a las oleaginosas.

Una vez recuperada la normalidad posbélica, la vida volvió a su estabilidad habitual en El Porcal, que sirvió de ayuntamiento itinerante para el municipio durante algunos años. Llegaron la televisión, las proyecciones de cine, el picó y el tocadiscos a la cantina (en esa época, los Rojas llegaron a vender su propio aceite embotellado, que adquirían en Córdoba). Los vecinos empezaron a tener coches, que se arreglaban en la herrería. Las puertas de las casas seguían abiertas como en una corrala agraria y los chavales seguían con sus bicicletas. Iban a ver las aves rapaces que Félix Rodríguez de la Fuente tenía en jaulas en la zona de la Presa del Rey, incide Luis Altares, concejal del Ayuntamiento de Rivas nacido en la finca en 1964, hijo y nieto de habitantes de El Porcal.

Fuegos artificiales

Aunque se creó un local para tal uso en 1941, en onomásticas especiales, «se improvisaba una capilla con ramas de chopo y azucenas en los ‘establos’ para dar misa«, prosigue Rojas. Se cambiaron las fiestas de San Isidro de mayo por las de San Pedro y San Pablo (a cuya advocación se dedicó el oratorio de la finca), en junio, tras la fundación del nuevo pueblo de Vaciamadrid, en 1959, y la declaración de las fiestas del patrono carabanchelero en el municipio.

La maestra Mercedes Vera, junto a alumnos de la escuela de El Porcal (fuente: Luis Altares)

La maestra Mercedes Vera, junto a alumnos de la escuela de El Porcal (fuente: Luis Altares)

«En la explanada de las acacias, había carreras de sacos, baile, fuegos artificiales y venían músicos de la orquesta del ejército a tocar«, narra Castilla. También, con los vagones de la remolacha, creaban una pequeña plaza de toros. En La Casa del Árbol, a principios de los años 50, Mercedes Vera enseñaba a los estudiantes, que tenían que ir al ‘establo’ para que un tractor con un remolque los llevara a clase, describe Llorente. A los doce años, los jóvenes empezaban a trabajar. En 1959, el colegio de la finca dio paso al grupo escolar del pueblo y los alumnos fueron trasladándose a este nuevo centro, hasta su cierre definitivo en los años 80, cuando Llorente se trasladó al colegio La Escuela.

Según Sánchez Millán, Cindasa compró El Porcal como inversión y no como explotación. Apenas llegó solo plantó unas pocas hectáreas de soja para acceder a las subvenciones del gobierno. Rápidamente, eliminaron el ganado. Como los cultivos no eran rentables, provocaron que casi todos los habitantes del ámbito abandonaran la explotación.

Las casas se transformaron en oficinas y, en 1974, motivados por el ‘boom’ inmobiliario, realizaron un acuerdo de concesión con la empresa Áridos y Premezclados S.A. (Aripresa, hoy propiedad del Grupo Cementos Portland Valderrivas, que adquirió a mediados de los años 60 el ferrocarril del Tajuña y varias propiedades y empresas de la zona relacionados con sus negocios), para que extrajese áridos del complejo. Mientras tanto, derruyeron varias instalaciones que ya estaban en desuso.

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

Finca El Porcal (fuente: Diario de Rivas)

En 1981, esta compañía se hizo con toda la finca, comprándola por 500 millones de pesetas. En los mejores tiempos para esta actividad, llegaron a extraerse diez mil toneladas diarias de áridos. Las extracciones provocaron una disminución progresiva de las tierras cultivadas y los espacios naturales, lo que terminó por despoblar casi definitivamente el emplazamiento (los últimos habitantes se fueron en los años 90). Al retirar los áridos hasta la capa freática, las excavaciones generaron numerosas lagunas.

El hábitat fue repoblado por un enorme abanico de aves. Sobre todo, tras el cese de la actividad extractiva a principios de los 2000 y el inicio de actividades de restauración ambiental por Cementos Portland, en colaboración con la asociación ecologista Naumanni. A día de hoy, la compañía quiere poner en valor la finca como un ejemplo de regeneración ambiental después de la actividad minera. Está llevando a cabo una serie de acciones orientadas en ese sentido, como la creación de observatorios de aves, un centro de educación ambiental y miradores, para su apertura controlada al público, previa solicitud.

Bibliografía:
– Altares, A. (2021). Finca El Porcal. Recuperación de la memoria de un paisaje construido. Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Universidad Politécnica de Madrid.
– Pablo, F. J. d. (2002). Historia de Rivas-Vaciamadrid. Josmar. Madrid.
– Retuerce, M. (1998). La cerámica andalusí de la Meseta. Vol. II. Cran Estudios. Coslada.
– Sánchez, A. Anexos a El Porcal y sus transformaciones. Texto sin editar. Archivo Municipal de Rivas.
– Sánchez, A (2009). Crónicas de Rivas Vaciamadrid. Mi pueblo. Cuadernos del Sureste. Prima Littera. Rivas Vaciamadrid. Págs. 143-145.
– Sánchez, A. El Porcal y sus transformaciones. Texto sin editar. Archivo Municipal de Rivas Vaciamadrid.

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