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Antonio Martínez Vera, exalcalde de Rivas Vaciamadrid (Fuente: Diario de Rivas)

Antonio Martínez Vera es uno de los jueces de paz de Rivas Vaciamadrid y su primer alcalde de la reciente etapa democrática, entre 1979 y 1987. Fue concejal hasta 2003 como independiente o en coalición con el Partido Popular. Diario de Rivas continúa con él la ronda de entrevistas a los exalcaldes de Rivas Vaciamadrid con el objetivo de poner en valor el legado político y la historia democrática de la ciudad.

Usted fue el primer alcalde democrático. ¿Antes ejerció como representante en el municipio?
Entré en 1969. Se hicieron unas elecciones del Tercio Familiar. Era la primera vez que se hacía en España. Me presenté, aunque sin interés en hacer política, sino porque aquí no se hacía nada, y gané la plaza de concejal. Ahí estuve hasta 1979 intentando sacar la cabeza. Conocía a los alcaldes y era el único joven que estaba entre los políticos del municipio, que era gente muy mayor que había pasado la guerra y no tenía prisa para nada. Luego estuvimos cinco independientes, uno del PSOE y uno del Partido Comunista. Todos estábamos en la Junta de Gobierno y entre todos nos repartíamos las áreas de trabajo, fuésemos del partido que fuésemos. En 1983 no entró el PCE, que volvió como IU en 1987, cuando gobernamos en coalición con el PSOE.

Usted entró en el Ayuntamiento, entonces, para que el pueblo progresara.
Cada vez que yo iba a don Gregorio, le decía que ningún joven se podía quedar a vivir en el pueblo porque no se construía ni una casa. No me hacían ni caso cuando decía que había que hacer un plan general. Me decían que esto estaba copado y que no se podía hacer nada. Y era verdad. Estaba la Coplaco (Comisión de Planeamiento y Coordinación del Área Metropolitana de Madrid), que no nos dejaba movernos. Después de muchos años de presionar, se me ocurrió una cosa: ya que tenemos un plan presentado, aunque sea una barbaridad, ¿por qué no lo aprobamos por silencio administrativo? Se hizo y se aprobó.

Pero luego se lo tiraron abajo.
No lo tiraron abajo. Lo que pasa es que era un plan para meter en el municipio 125.000 habitantes. Entonces hablé con Eduardo Mangada —consejero de Política Territorial— para hacer una cosa con sentido y más acorde con la realidad. Me planteó un crecimiento de hasta 35.000 habitantes y redactamos otro plan en coordinación con Coplaco; estamos hablando de 1979, que costó un trabajo enorme porque no había gente en este ayuntamiento. Yo era el que cerraba la puerta del edificio municipal porque no había nadie. Tuvimos que meter un policía, que lo metió el anterior alcalde, y yo me tuve que traer a un familiar porque ninguna persona quería trabajar en el Ayuntamiento, porque había mucho trabajo. Parece mentira, porque ahora hay tortas por entrar. El resultado fue que pasamos de 700 vecinos a convertirnos en lo que es hoy, prácticamente. Y eso costó muchísimo tiempo.

Fruto de esa estrategia urbanística llegó primero la urbanización Pablo Iglesias.
Cuando vinieron a proponer el proyecto, me pregunté dónde iban a meter 936 pisos, si aquí no había nada. Además, el Ayuntamiento tenía el 15 por ciento de las licencias. Se llegó a un acuerdo con los presidentes de la cooperativa para que nos lo dieran en viviendas. Nos dijeron que no les gustaría porque tenían muchos clientes, pero tampoco tenían dinero. Entonces acordamos que pagasen una letra de 15 millones, que pagaron divinamente a su vencimiento. Me río ahora de todo esto porque, al poco tiempo, recibí una llamada de teléfono de Madrid que me decía que cómo se me ocurría coger una letra, porque estaba prohibido. Yo les dije que se sentaran en mi sitio para dar soluciones y que, además, ya me la habían pagado. Luego, nos pusimos a pensar cómo hacíamos el colegio, que después fue La Escuela. Tuve mucha ayuda de la cooperativa, que se volcó. También influyó que el PSOE estaba mandando en el Gobierno y estaba muy vinculado a esta, con lo que se movió muy bien. Creo que el que presidía en ese momento la cooperativa era Muñagorri. Así, el colegio se hizo en plazos y nos lo dieron equipado, cuando teníamos muchos problemas para equipar los dos que teníamos en el casco. En estos, uno de niños y otro de niñas, tuvimos que hacer los vecinos las mesas y las sillas, porque el Ministerio no nos ayudaba.

En esa época, Rivas Vaciamadrid era el pueblo del vertedero.
Esa es una de las principales historias que nos hizo arrancarnos a algunos y meternos en política. Sobre el año 1963, el Ayuntamiento de Madrid hizo un convenio sin contar con nadie, nada más que con los que mandaban; es decir, con el alcalde. Los concejales no pintaban nada. Madrid llegó a un acuerdo con Dionisio Martín Sanz, propietario de Autocampo y vicepresidente de las Cortes, por el que se vertían unas 2.500 toneladas a 2.500 pesetas, aproximadamente. Cuando empezamos a sufrir las consecuencias y padecíamos los olores, empezamos a darle vueltas para ver cómo podíamos solucionar ese tema. Siendo alcalde, tuve muchas entrevistas con Madrid. Al principio, intentamos que, de esas 2.500 pesetas que le daban a Autocampo, nos diesen a nosotros 500. Se negaron en redondo, porque entonces mandaban ellos.

En esa época, el municipio pertenecía casi a cuatro personas.
Sí, y era un problema grandísimo. Solucionar el problema del vertedero fue muy difícil, a pesar de que siendo alcalde les amenazaba con arreglarlo a las bravas. Hablé con Jesús García Siso, concejal del Ayuntamiento de Madrid, que me dijo que estaban buscando un vertedero, pero yo veía que esto no se cortaba y que seguían llegando a la entrada del pueblo camiones y camiones. Hasta que un día llamé al cuartel de Guardia Civil y les dije que pusieran una pareja de agentes y que devolvieran todos los camiones que vinieran de Madrid. Me dijeron que estaba loco, pero los hice volver. Al rato tenía aquí a García Siso preguntando qué hacíamos. Le dije que le estaba advirtiendo desde hacía tiempo, porque no podíamos soportar más esta situación. Al final, me convenció para aceptar una pequeña moratoria. Luego, hablé con Enrique Tierno Galván, que me explicó el proyecto del vertedero de Valdemingómez. A los veinte días, ya no venían aquí los camiones y dejamos de sufrir el vertido legal de basura. Pero el olor lo seguíamos teniendo. Con Pepe Masa, se enterró toda la basura y se creó toda la zona del Miguel Ríos. Costó un riñón, pero se hizo muy bien la operación, para mi gusto.

Me decía que mandaban unos pocos propietarios.
Sí: Autocampo, los Rodríguez-Acosta, los Corsini, el duque de Rivas y cuatro terratenientes pequeñitos. Los Corsini, como buenos empresarios, eran muy abiertos a propuestas. A Martín Sanz costaba mucho moverle, porque estaba acostumbrado al ordeno y mando. Como anécdota, puedo contar que cuando Dionisio Martín venía a negociar los temas de Autocampo, que venía en su coche oficial con las banderas y el chófer con su gorra, como vicepresidente de las Cortes, el Ayuntamiento salía a recibirle. Bien está atender a las personas con educación, pero este señor no era más que nadie para recibir ese trato. No era algo ni bueno, ni malo. Es que las cosas funcionaban así.

Para negociar el plan general tuvieron que hablar con esos cuatro.
Eso fue terrible. Una lucha que costó Dios y ayuda. Ya no era negociar el plan; es que el pueblo necesitaba agua. Aquí el agua venía del río a unos depósitos que estaban donde hoy está la casa de niños El Dragón. El agua venía con una dureza de 250 grados cuando Madrid tenía 7. Era necesario conectarse con la red del Canal de Isabel II. Teníamos una cabecera en Vicálvaro para hacer el enganche, pero hablé con el presidente del Canal, Rodolfo Urbistondo, y me dijo que traerla a Rivas Vaciamadrid costaba 270 millones de pesetas, algo que era inasumible por parte del Ayuntamiento. Metí a todos estos en el ajo para conseguir una rebaja, porque a todos les interesaba, y yo no podía dar licencias en estas circunstancias. La conseguimos y repartimos las cargas, resultando un coste para el Ayuntamiento de unos 20 millones que, con los intereses de entonces, se ponía en unos treinta y tantos. Así que me fui a Madrid y conseguí que un diputado me gestionara que los intereses no los pagara el pueblo, sino que se cobrara a los propietarios a base de derramas. Y el agua llegó y lo hizo primero al pueblo antes que a ninguno de ellos, sin contar al duque y Covibar, que, antes de cerrar el plan general, ya tenía agua de cabecera destinada.

Estaba todo por hacer.
Ahora se cuentan estas cosas y parecen aventuras, pero es que esas aventuras han costado muchísimos días de reuniones con todos estos peces gordos. Arrancarles algo costaba muchísimo. El pueblo, sin contar con la calle de Marcial Lalanda, estaba rodeado por suelo de Autocampo. Cuando hicimos la obra, cuando los trabajos llegaron a la altura del cementerio; allí había un pozo. Pensábamos que era terreno municipal y fuimos a conectarlo con la red. Pero se presentó Autocampo y dijo que eso no se tocaba porque era de su propiedad. Llamé a Víctor Artacho, de los Corsini, que era el que conocía a los constructores y me dijo que casi les venía mejor que la canalización fuera por detrás del cementerio, y así lo hicimos. Esto es un ejemplo de la cantidad de complicaciones que teníamos. Otro ejemplo: yo quise hacer unas viviendas y no había manera. La única opción que tuve de construir fue la expropiación forzosa a Autocampo en la zona de Las Cigüeñas, que costó un montón. Fuimos a juicio porque yo ofrecía 700 pesetas el metro cuadrado y ellos no estaban conformes. Martín Sanz le dijo al juez que la expropiación no le convencía porque consideraba que el justiprecio establecido era tres veces menos de lo que se podía sacar por el terreno. El juez dio la razón al Ayuntamiento e instó a Autocampo a cobrar los 26 millones, que era lo que valía el terreno. Al final, aceptaron. Cuando fuimos a pagar a Autocampo, fuimos al notario Martín Sanz, el secretario, su yerno y yo. Yo llevaba preparado un talón del Ayuntamiento por valor de 12,5 millones de pesetas. Después de firmar, cuando llegó el momento de dar el talón, Dionisio Martín Sanz se quejó de que la cantidad no era la misma que se había acordado ante el juez. Así que le invité a que mirase las facturas que iban adjuntas detrás del talón por valor de otros más de 12 millones en impuestos que no había pagado al Ayuntamiento. Martín cogió el talón y salió corriendo de allí tan rápido que se dejó a su yerno en la notaría.

¿Fue tan difícil crecer por el otro lado del pueblo con Covibar y Pablo Iglesias?
Ellos habían comprado el terreno por su cuenta y presentaron sus proyectos. Costó mucho trabajo sacarlos adelante porque no teníamos depuración de aguas.

Por eso se trajeron la depuradora de aguas.
Esa fue otra gestión en la que me echó una mano Tierno Galván. Toda el agua sucia de Vicálvaro bajaba por el arroyo de Los Migueles a cielo descubierto, lo que provocaba un olor insoportable, ya que venía sin depurar. Nos hicimos un favor mutuo. Acordamos que se traería aquí la depuradora, a un terreno de Huarte, que estuvo muy colaborador, al que se le expropiaron veintidós hectáreas a un precio ridículo. Y así se consiguió tener una depuración y se entubó el arroyo de Los Migueles, para lo que tuvimos mucha ayuda de lo que era entonces la Diputación de Madrid.

¿Cuál era la situación de los ríos que cruzan Rivas Vaciamadrid?
Estaban fatal. En el Jarama se tuvo que intervenir la industria en San Fernando de Henares porque desaparecieron los peces de la cantidad de porquería que bajaba con el agua. En el Manzanares, venían flotando condones usados, corchos y lo que quisieras buscar. El agua estaba espesa. El arroyo de Los Migueles traía tanta porquería que era conocido como el ‘río de la mierda’. Muchos decían que se llamaba Vaciamadrid porque Madrid se vaciaba allí, cuando no tiene nada que ver. Todo eso fue una de las razones que movió el tema de la depuradora. Pero fue un proyecto que le correspondió a Tierno Galván porque consiguió que el Manzanares empezase a venir limpio, dentro de lo que cabe. Hasta entonces, si venías en el coche o en la moto, a la altura del kilómetro 15 de la carretera de Valencia, tenías que taparte la boca y la nariz hasta el kilómetro 22 porque el olor era asqueroso.

El Ayuntamiento no tenía un duro.
El primer presupuesto oficial del pueblo fue de 450.000 pesetas y nadie cobraban. En el segundo año, el Ayuntamiento tuvo quince millones de presupuesto. Los concejales me decían que era un milagro, pero es que se estaba construyendo en Covibar, Pablo Iglesias, Los Almendros…, lo que traía dinero. Y eso siguió subiendo como la espuma.

O sea, que es en los ochenta cuando Rivas Vaciamadrid se piensa como lo que es hoy.
Es que hasta ese momento en que se empiezan a hacer nuevas infraestructuras apenas se podía salir del casco. Los que gobernaron anteriormente eran señores de edad muy avanzada que si les decías que había que moverse, presionar y hablar con unos y con otros en Madrid, te decían que no querían tanto follón. Francisco Santero había sido alcalde treinta y tantos años. Las cosas eran así y no se movía ni Dios. Aquí crecías y no tenías dónde vivir, porque no podías construir una casa. Luego entramos gente más joven y con nuevas ideas, y la cosa comenzó a moverse. El límite del pueblo estaba en la calle Miralrío, que se urbanizó porque metí sin permiso una excavadora en ese sembrado, propiedad de Dionisio. Este aceptó porque le permití construir en la otra acera. También negociamos con Martín Sanz para hacer el campo de fútbol y nos dejó hacerlo en compensación porque iba a hacer doscientas viviendas. Luego no las hizo porque pensó que era mal negocio y, cuando nos quiso pedir el terreno, ya estaba construido el campo. Todo era así.

Una de las críticas al plan general fue el “crecimiento caótico” con el que se llevó a cabo, tal y como reflejaron los diarios de la época.
Aquí no se creció de forma caótica. Se hicieron Pablo Iglesias y Covibar con su ordenación, plan parcial y estudio de detalle. Nadie construyó en medio de un terreno sin permiso. Además, se hizo todo con el permiso del Área Metropolitana (Coplaco). La única pega que se puede tener hay que achacármela a mí, que le di la licencia a Covibar antes de tener plan aprobado por el Área Metropolitana. Y me llamaron de Madrid para decirme que, o aprobaban el plan general para no saltarse la ley, porque había permitido la construcción de las viviendas sin un plan urbanístico, o me metían en la cárcel. Al final, fueron hechos consumados y punto. La verdad es que me ayudaron mucho.

Entonces Rivas Vaciamadrid comenzó a crecer rápidamente.
A la velocidad de la luz. Ten en cuenta que Pablo Iglesias eran 900 viviendas, Covibar traía 4.000 viviendas que se convirtieron en 12.000… Por eso se ha tenido muchísimo cuidado en lo urbanístico. Aquí, el problema era que no conseguíamos quitar el olor y se arregló al encauzar el arroyo. A salto de mata no se ha hecho nada. Ni en el casco histórico siquiera.

¿Y cómo vivió la gente ese crecimiento?
Todo el mundo se integró bien. Siempre hemos tenido un poco de sentimiento de diferencia pero, desde el primer día, los vecinos han hecho vida en ambos barrios con muy buena relación. Nuestros hijos se han ido a vivir allí y es lo normal. Alguno ha habido en el casco que ha dicho de pedir la segregación, pero es que no nos podemos segregar, porque nosotros somos el casco antiguo [ríe].

También se construyó en su etapa el polígono industrial.
Sí. El primer polígono industrial llegaba hasta el límite con Autocampo, en la zona que limita con el cementerio; ahí se cortó. Todo el terreno era de los Corsini. Hicimos un polígono industrial en el que el Ayuntamiento se comprometía a no cobrar licencia, ni plusvalía para que el terreno fuera lo más barato posible. Fue un pequeño error, pero conseguimos que las parcelas se vendieran a más de diez mil pesetas el metro. Luego hubo especulación y se vendió a 40.000 pesetas el metro, pero en eso nosotros no pudimos hacer nada. El polígono lo hizo el Sepes. Creo que funcionó muy bien. Y después, no siendo ya alcalde, se hizo la ampliación en Autocampo, que es donde está ahora mismo el Carrefour. Luego, Fausto Fernández me nombró el concejal que se encargaba de gestionar el desarrollo de la segunda ampliación, que fue el sector 7, donde está Rivas Futura, que desarrolló Aurelio Álvarez.

La carretera de Valencia era muy peligrosa para los vecinos.
Una carretera de doble dirección. Para entrar en el pueblo, había que jugársela. Luego ya hicimos una pequeña rotonda, que tuvo su tela. Y en Autocampo, en el kilómetro 17, también tenía lo suyo porque había que hacer una pequeña rotonda y cruzar la carretera. Pero no solamente los vehículos. Para cruzar los peatones tenían que jugársela. Hubo una familia en la que murieron tres o cuatro atropellados. Hasta que conseguimos que hicieron una pasarela que pagó el Gobierno Civil de Madrid, que controlaba Juan José Rosón, y costó 7,5 millones de pesetas.

¿Cómo se arregló el Ayuntamiento para dar servicio a tanta gente?
Pablo Iglesias tuvo mucha ayuda del PSOE, como fue en el caso de La Escuela. En otros casos, eché mano de las cooperativas. Por ejemplo, en Covibar tuvimos que hacer el colegio (El Parque). El Ministerio no podía hacerlo porque no tenía dinero. Hablé con Armando Rodríguez Vallina y le propuse que adelantase el dinero y que el dinero se lo devolvieran más adelante. Así se hizo. Nosotros no teníamos un duro para hacer esas cosas. Al principio, las cooperativas no pagaban ni las licencias, y apenas llegaba para cubrir el 15 por ciento de los gastos municipales. No teníamos ni para pagar al alguacil. Ya Cuzco, Tarjeta 2000, Los Almendros y un montón de cooperativas más ya pagaron sus licencias, y empezamos a tener dinerillo, pero como crecía el pueblo tuvimos que empezar a contratar gente y construir en las calles cosas que necesitaban los vecinos. Por ejemplo, para facilitar la labor a Eduardo, el médico, lo que hicimos fue construir un ambulatorio que luego lo dotaron de médicos para dar servicio al pueblo, las fincas y las fábricas. El segundo que hicimos ya fue el ambulatorio de La Paz. En todo caso, ante la falta de personal, colaboramos mucho los concejales de los partidos para sacar adelante al pueblo. También arrimó el hombro el secretario, que se jubiló seis meses más tarde para que pudiéramos encontrar a otro que tuviera el nivel adecuado, porque nos mandaban algunos que eran secretarios de cuatro o cinco municipios a la vez. Al final, entró Jacinto Martín de Híjar, para lo que tuvimos que cambiar la calificación del municipio de tercera a segunda para que pudiera venir. Le dio un impulso muy importante.

Su última fase en el Ayuntamiento es como juez de paz.
Estuve en el Ayuntamiento 37 años y siete meses, hasta que me cansé en 2003 y lo dejé. Le dije a Pepe Masa que me iba y no volvía más, pero luego Pedro del Cura, al que tengo bastante aprecio, me llamó para ejercer como juez de paz con Francisco de Pablo (su sucesor como regidor). No nos nombraron hasta un año después, porque el juez de paz que estaba desde hacía 37 años, Bautista, al que nombré yo, se jubilaba en seis meses. Ahora hay un follón de tres pares de narices en el juzgado de paz, porque el pueblo no para de crecer, y menos mal que nos hemos quitado casi todos los juicios, que van a los juzgados de Arganda del Rey. Algún juez un poco más cruzado me ha llegado a decir que tengo que estar las 24 horas de servicio en el Ayuntamiento… Con 80 años. Le he dicho que aquí no hay guardias y me ha dicho que tengo las mismas obligaciones que él. Eso sí, seguro que no cobramos el mismo dinero.

Otras entrevistas a exalcaldes de Rivas Vaciamadrid:

Francisco de Pablo: “Rivas se planeó como un San Francisco a trece kilómetros de Madrid”

Eduardo Díaz: “No pude hacer casi nada como alcalde porque los días se consumían en broncas”

Antonio Serrano: “El PSOE tiró la casa por la ventana y Rivas quedó en bancarrota en 1991”

José Masa: “Rivas nunca fue un municipio despilfarrador”

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