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OPINIÓN

Antonio de la Peña

Antonio de la Peña

Doctor en Ciencias Biológicas, licenciado en Ciencias Geológicas y diplomado en Medio Ambiente

He leído en Diario de Rivas abundantes artículos sobre la polémica decisión de establecer zonas de baja emisión (ZBE) en las cercanías de los colegios. Los argumentos que se esgrimen son defender la salud de los niños y la mejora de la circulación en la hora entrada y salida de alumnos. No obstante, si hablamos de emisiones, lo que se prioriza son los gases.

Para conocer si esta medida tiene un soporte científico debería acreditarse:

1. Los valores de concentración de los gases que pretenden medir por su nocividad. Sería conveniente establecer en este caso cuales son los gases a controlar. En mi opinión debieran ser monóxido de carbono, dióxido de carbono y óxido nitroso. Pueden ser otros, como gases de azufre, partículas de metales pesados y asbestos.

2. Justificar, y mostrar el mapa de campo de las zonas a medir por su importancia en la salud de los ciudadanos. Colegios, institutos, residencias de ancianos o zonas recreativas deportivas parecen lugares idóneos.

3. Mostrar la metodología que se piensa utilizar. Eso posibilitará reproducir el proceso independientemente del tiempo, lugar y técnicos implicados.

4. Señalar la disponibilidad de aparatos, sensores y sus certificados de calibración. Sólo así se podrá acreditar que las medidas son reales. Nuestro municipio debe incrementar “la internet de las cosas”. Dispositivos conectados que den información de estos datos en continuo. Eso es una auténtica “ciudad inteligente”.

5. Por último, el “legitinabi” que firma el informe. Hablando coloquialmente, el técnico competente, y legalmente acreditado, responsable de las medidas y de los informes emitidos. No todo el mundo puede firmar cualquier dato en documento.

Efectivamente, todo este proceso es lento, tedioso y caro, muy caro. El bien común aconseja la medida. Nadie se opondría a tal proceder.

En 2009 ya se propuso, en nuestra ciudad, un plan estratégico en el mismo sentido: “Rivas emisiones cero”. Pretendía disminuir las cifras de gases nocivos y de efecto invernadero en porcentajes concretos. Un 20% para 2020 y un 50% para el 2030, creo recordar. Lo cierto es que esas cifras no me importan. No es relevante en la argumentación del texto. En aquella ocasión se preguntó cuanto emitíamos y cuál sería la red de medidores, metodología, y seguimiento de las cifras. Nunca nadie dio valor. Nunca nadie dijo nada. Nunca nadie estableció el seguimiento trimestral prometido. El 2020 ha pasado y desconocemos dato alguno de aquella reducción porcentual.

Créanme si les digo que para saber el porcentaje de reducción es absolutamente imprescindible conocer el dato de partida. Si no conozco cuanto emito, y donde emito, es imposible afirmar qué reduzco, cuánto reduzco y dónde reduzco.

La posibilidad es ámbito de la alquimia, de la especulación, de la ideología. Se habla de “mucho”, “poco”, “bastante”, “bueno”, “malo” o “regular”. Se niega el número y el proceso. Todo está en el ámbito secreto del alquimista para que no le roben la “piedra filosofal”. En cambio, la probabilidad es ámbito de la ciencia. Reduzco emisiones en un 3%, en un 30% o en un 90%. Conozco exactamente cuánto había, cuánto he reducido y cuánto me queda.

Permítame un claro ejemplo. Es posible que mañana la Luna caiga sobre Rivas. Tranquilos, el suceso tiene una probabilidad cercana al 0% que ocurra. Afirmo: mañana la Luna no caerá en Rivas.

En aquella toma de decisiones que afectan a la calidad del ambiente, como es el caso de las ZBE, es absolutamente necesario conocer los datos científicos que justifican las medidas. También es pertinente conocer ‘a priori’ la opinión de la sociedad. Especialmente de aquellos ciudadanos afectados. Por último, y no menos importante, el coste económico de esa medida. Básicamente lo que se conoce como “evaluación del impacto ambiental”. Este tipo de evaluaciones se encuentra protocolizado, legalmente, para grandes proyectos. Es muy aconsejable para las pequeñas decisiones.

Se trata de poseer un documento científico que avale la medida. Un informe, ‘a priori’, del ámbito social que acepte el `modo de proceder. Por último, bajar a la realidad económica para realizar la inversión inicial y su posterior mantenimiento. Economía circular en estado puro.

Me encantó poder leer el artículo de fecha 29 de septiembre, de Diario de Rivas, sobre el cálculo de las ZBE. Con anterioridad a su publicación no disponíamos de dato alguno de carácter científico al respecto. En la página web del Ayuntamiento, he sido incapaz de encontrar el dato de emisiones de gases, o partículas a la puerta de los colegios, de cada colegio. Tampoco he sido capaz de disponer concentraciones por áreas, distritos o barrios. Tampoco dice el legislador el motivo diferencial de medidas adoptadas por colegios. Todo es un misterio. Y el problema del artículo, y las cifras mencionadas en él, radica aquí. Se ha empleado un valor estándar, no propio de Rivas para adoptar medidas concretas, no ya en Rivas, sino en lugares concretos de Rivas. Los valores empleados son de carácter general. Pueden ser usados en Madrid, París o Sebastopol. No disponemos de sensores que midan en continuo en los puntos elegidos para adoptar la restricción. Ese problema fue advertido en 2009. Una estimación estandarizada sirve para orientar criterios metodológicos, pero no justifica actuaciones procedimentales discrecionales como las adoptadas para cada colegio.

El informe es excelente para decidir el tipo y número sensores a la luz de las evidencias. Sirve para decidir los lugares. Nos permite establece una memoria económica para la compra y mantenimiento de los dispositivos. Bienvenido sea y utilicémoslo. Debe quedar bien claro que en Rivas no conocemos los valores reales de partida de emisión de contaminantes aún. No los tenemos.

Mi domicilio está a 300 metros de dos colegios. Nadie me hizo pregunta, o encuesta alguna, de si la medida me parece correcta. Si estoy dispuesto a seguirla. Si tengo una buena idea de mejora. Que las tengo, y las doy.

Tampoco he sido capaz de encontrar un informe económico que analice el gasto. Un estudio de euros invertidos frente a eficiencia y eficacia de la medida adoptada a corto, medio y largo plazo.

Por último, desconozco los valores reales de partida. Es absolutamente irreal, por no científico, plantear una reducción y objetivo a cumplir. Cualquier dato que se desde ahora, y en cualquier momento, será “bueno”, “malo” o “regular” dependiendo de la ideología y la opinión de cada cual. Es más, como el dato de emisión es estándar y sólo depende de los 4250 vehículos, la reducción del 75% aportada lo es también. 4250/4= 1062 (25%). Es decir, aproximadamente 1050. Si quito 3188 coches, un 75%, reduzco valores de gases en un 75%. Ese es lo aporta esta información dada por el alcalde. No debemos entrar en la tautología argumental: coche que no circula, reducción de humos. Si mato el perro se acabó la rabia. Por supuesto que sin coches no hay humos. ¿Y los eléctricos? Una tautología es lo que vulgarmente denominamos perogrullada. Esta clase de aseveraciones tautológicas es lo que Kant denominó “juicios analíticos a priori”, porque su verdad no depende de experiencia alguna. Eso es lo implica el informe menos coches, menos humos. Eso no es ciencia.

El cambio de itinerario de los 4250 vehículos comporta cambio del punto de emisión de gases. No los reduce. Los niños ahora no respiran ese 75% de humos en la puerta del colegio, evidente. Los niños respiran esos 75% de humos en el punto donde los padres han aparcado el coche. También evidente. Sólo evitaremos los humos si acabamos con los 4250 vehículos. No dejemos 1050.

Vivimos en el siglo XXI. Lovelock (2021) expresa muy bien como la tecnología sólo es posible con seres vivos e inteligentes. La edad del hombre, Antropoceno, está finalizando. Comienza la edad de las máquinas inteligentes, el Novaceno. Las máquinas, la inteligencia artificial, los ciborgs, han venido para quedarse. Tenemos que convivir con ellas. El “hombre que piensa” es la especie que mejor se adapta a los cambios del medio.

Es obvio que, si me cambian los caminos para acceder al cole, el horario de entrada y salida, o cualquier otra variable me adaptaré. Puro Darwinismo. No habrá problemas. Habrá salido todo correcto. Perfecto, sin novedad. ¿Habremos reducido el neto de humos emitidos a la atmósfera y mejorado la salud de nuestros hijos? Lo dudo. Siguen circulando 4250 coches por otro lado en la cercanía de los colegios. Los datos del informe que se menciona en el artículo por generales son engañosos, y posiblemente irrelevantes para Rivas. Posiblemente, que no probablemente. ¡Quién sabe!

No se trata exclusivamente de ser transparentes desde la Administración al ciudadano, que por supuesto. Se trata de dejar la alquimia. Dejar el secreto de la piedra filosofal. Entrar en el rigor científico y tecnológico, incluidos sensores locales en continuo, que demanda el Novaceno.

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