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OPINIÓN

Antonio de la Peña

Doctor en Ciencias Biológicas, licenciado en Ciencias Geológicas y diplomado en Medio Ambiente

He leído, en Diario de Rivas, un gran número de noticias que hablan sobre la necesidad de proteger nuestro medio ambiente, de cuidar la vida. El Parque Regional del Sureste, la recogida de basuras en la Laguna del Campillo, los problemas de vertidos ilegales y/o la contaminación y muerte de peces en los humedales, son solo algunos ejemplos, no exhaustivos, que pueden consultar en este diario digital. Nos importa la vida y nos importa cuidar la vida. Me gusta la cultura de la vida.

Sin embargo, todos los años en Rivas, en los meses de noviembre y marzo, se presentan declaraciones institucionales y/o presentan mociones a debate sobre la violencia de género, el feminismo y la mujer. Pueden ustedes verificar este dato en las crónicas de Diario de Rivas de todos esos meses en las últimas dos legislaturas. En todos esos debates aparece el aborto como un derecho indiscutible de las mujeres por parte de los partidos favorables al mismo. Pueden, también, observar cómo ese punto es siempre defendido por mujeres. Un hombre no puede hablar de feminismo o de aborto. Pueden, de nuevo, verificar que nunca jamás se emplean datos de carácter científico respecto al aborto. Jamás he escuchado a las concejales, de uno y otro signo, esgrimir argumentos desde la biología. En ocasiones, se ha llegado a recriminar en debates del pleno el uso de argumentos académicos, técnicos y/o científicos. Se reafirma el carácter de foro de ámbito político. Ahora bien, sí podemos desde el foro político aprobar medidas técnicas y/o de aplicación científica. Esto es sumamente habitual. Por ejemplo, en temas relacionados con biología (aborto, eutanasia) y medio ambiente (urbanismo, movilidad, y gestión de residuos).

La biología “es la ciencia que trata de los seres vivos considerando su estructura, funcionamiento, evolución, distribución y relaciones” (RAE). Es una ciencia complicada, con muchas variables difíciles de acotar. El primer gran reto es la propia definición de vida. Nadie sabe muy bien qué es la vida. No existe una definición clara al gusto de todas y cada una de las áreas de conocimiento relacionadas con esa preciosa Ciencia. Lo ha intentado la Física, la Química, y/o la Termodinámica. Ninguna ha logrado dar con el argumento definitivo. Existe, incluso, una definición conceptual, que puede llegar a sorprenderles, basada en los datos evolutivos: la vida es un proceso capaz de generar, manipular, replicar y almacenar información. Pueden ustedes deleitarse con este argumento en ‘Ocho hitos de la evolución. Del origen de la vida a la aparición del lenguaje’ (Smith y Szathmáry, 2001).

Es evidente que la preservación de la vida (biología), de su entorno natural (geología, física y química) relaciones (ecología) es algo que nos preocupa y ocupa a los ripenses. Compartimos preocupación con el resto de la humanidad. Solucionar los problemas globales desde lo local. A la especie humana le ocupa y preocupa buscar vida fuera del Planeta Tierra. Nos ocupa y preocupa tanto que preservar la vida extraterrestre encarece enormemente las misiones espaciales. Éticamente hemos llegado a la conclusión que la vida de Marte, si existe, pertenece a los marcianos. No podemos llegar y contaminar su casa y hacerles desaparecer. Un buen ripense jamás osaría contaminar marte, ni pisar un microbio marciano.

En los Plenos ripenses he oído hablar en términos de “criminalidad” al tratar de tauromaquia y/o la caza. ¿Se imaginan ustedes encontrar algo parecido a una célula flagelada en marte? Mejor aún, un organismo grande, con núcleo y ADN en su interior, en los océanos de Titán. Sería portada en más prestigiosas revistas ‘Nature’ y ‘Science’. También, en los diarios más influyentes como ‘The New York Times’. La prensa española se uniría a la fiesta, sin género de dudas. Puedo hasta imaginar, y proponer, el titular: “No estamos solos”.

Pues bien, un espermatozoide o un óvulo son seres vivos. El espermatozoide es la célula más pequeña de un vertebrado, y sus óvulos las más grandes. Además, cumplen cualquiera de las definiciones que se den sobre “qué es vida”. Cada uno de estos seres posee su estructura, evolución, funcionamiento y reservorio de información. Nadie puede negar esta evidencia. Si un óvulo y un espermatozoide se fusionan se genera un nuevo ser vivo, el zigoto. Tiene su propia estructura, función, relaciones con el entorno y su exclusiva y única información. Esa información, repito, única y exclusiva, está en su núcleo. Ese núcleo tiene una secuencia absolutamente diferencial de bases nitrogenadas con cualquier otro ser vivo (no clonado natural o artificialmente) que es su ADN. Tanto es así, que el ADN es el DNI biológico de ese ser vivo. Además, si el zigoto es de Homo Sapiens, se trata de un ser humano único e irrepetible. Jamás ha habido, hay, ni habrá otro igual. Un Zigoto humano es vida irrepetible, y su ADN nos dice que es mujer (XX) o hombre (XY).

La vida es puro cambio. La vida de un sujeto es única desde la fecundación. YO YA ERA YO cuando era zigoto. Era yo cuando era mórula. Era yo cuando era blástula. Era yo cuando era gástrula. Era yo cuando era feto y me implantaba en el útero de mi madre, que por cierto tenía un ADN absolutamente diferente al mío. Era yo cuando aún no poseía sistema nervioso desarrollado (que sí estaba en mi información genética). Yo soy madrileño de nacimiento y ripense de adopción, pero sigo siendo yo. Era, soy y seré yo siempre. La diferencia estriba en que ahora puedo gritar por mi vida en defensa de cualquiera de esos estados del desarrollo de mi ser. No poder gritar, expresar, defender tu vida y dignidad no significa que no las poseas. Mi vida y mi dignidad, desde un punto de vista biológico, están biunívocamente relacionada con mi ADN, mi soporte biológico, mi DNI de ser vivo, mi unicidad. La dignidad la poseo desde la misma fecundación. Apagar la vida de un no nacido (zigoto, blástula, gástrula, feto, ripense o madrileño en cualquiera de sus semanas de desarrollo) es matar un ser vivo único e irrepetible. Abortar es terminar con la vida de un sujeto. Nadie tiene derecho a acabar con ser humano alguno.

No es coherente que aquellos que defienden la vida del toro, del conejo o de la perdiz en Rivas, no vean problema alguno en acabar con la vida de una célula cuyo ADN es humano. Un yo. Los datos científicos son claros y precisos al respecto.
También, en muchos plenos, se ha mencionado la Declaración de los Derechos Humanos como un argumento de autoridad. Discusiones sobre libertad, racismo, xenofobia, sanidad, educación son habituales en Rivas. La Declaración de los Derechos Humanos (1948) establece que el hombre deja de ser OBJETO para ser siempre SUJETO. Después de los hermosos considerandos del texto, el primero de los derechos es a la VIDA (artículo 3). El texto concluye con su articulado 30. Dice textualmente: “Nada de la presente declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración”. Supongo, y entiendo, que esto incluye la vida, ¿no?

Lo único que sabemos de un ser vivo es que morirá. La muerte es consustancial a la vida. Da igual que consideremos una célula aislada, un invertebrado, un hombre, un ecosistema o toda la biota en su conjunto. El nivel jerárquico es lo de menos. Estamos abocados como seres vivos a morir. La vida termina con la muerte, no antes. Procurar la muerte de un ser humano es finalizar con la vida de ese sujeto. Es violentar contra cualquier definición de lo que es vida, desde el punto de vista científico. Además, es atentar contra el artículo 3 y 30 de la Declaración de los Derechos Humanos. Pues bien, también se ha planteado en los Plenos de Rivas el debate de la eutanasia, en varias ocasiones.

Recuerdo, un 29 de septiembre de 2015, en la Ermita del Cristo de Rivas, un hermoso debate sin cámaras ni periodistas, sin postureos. Participaban D. Pedro del Cura, D. Rubén Tadeo y D. Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares. El asunto comenzó como consecuencia de uno de esos debates llevados al Pleno. El diálogo transcurrió en la senda de la moral, la ética y del derecho natural. Yo no intervenía. Sencillamente disfrutaba aprendiendo. Recuerdo esta frase de D. Pedro: «Eso de la muerte lo tienen mejor solucionado ustedes». Me hizo mucha gracia. El representante de una institución de décadas (Rivas), e ideología centenaria (comunismo), miraba con reconocimiento, y asombro, a una institución bimilenaria (la Iglesia). Diálogo.

Confundir muerte digna con eutanasia es absolutamente erróneo, falaz. Por supuesto que todo sujeto tiene derecho a morir en paz, con amor, sin sufrimiento, dignamente. ¿Pero quién niega ese derecho? ¿Quién puede descuidar esos aspectos? Mientras vivo, mientras vivimos, hemos de hacerlo con dignidad hasta el último instante de nuestra existencia. En todo caso enfrentamos muerte digna con vida digna. En todo caso enfrentamos cultura de la muerte con cultura de la vida.

Cuidar de los vivos, aunque estén muy enfermos, incluso biológicamente desahuciados, es una responsabilidad de gobiernos, municipios, de grupos de personas o persona individual. Los primeros han de proveer de centros y unidades de cuidados paliativos y del dolor. Sí, son muy caras ¿y? ¿Cuántas hay en España, en Madrid, en Rivas? Las personas pondremos AMOR, que es muchísimo. Los contribuyentes nuestro dinero. ¿Cuántas veces se ha instado, desde el Pleno de Rivas, por un hospital de cuidados paliativos en la CAM? ¿Cuántas veces se ha instado, desde el Pleno de Rivas, por apostar por las unidades especializadas tratamiento del dolor? Se los diré yo: nunca.

Rivas, en estos dos temas, insta por la cultura de la muerte. Rivas, en eutanasia y aborto, no ha instado nunca por la cultura de la vida. No existe argumento biológico para defender el aborto o la eutanasia, no. Léanse ustedes los considerandos de la Ley Orgánica 3/2021, de 24 de marzo, sobre la regulación de la eutanasia, y verán como no encuentran ninguno. Cuando digo ninguno, es ninguno. El párrafo primero establece las pretensiones; el dos va de etimología; y el tres entra directamente a consideraciones bioéticas. Consecuentemente, si la biología no soporta la finalización de la vida artificial en caso alguno, ¿cómo podrá la BIOética sin su soporte científico? La ley se soporta en la supuesta necesidad social de regular. Concluye: “El bien de la vida puede decaer en favor de los demás bienes y derechos con los que debe ser ponderado, toda vez que no existe un deber constitucional de imponer o tutelar la vida a toda costa y en contra de la voluntad del titular del derecho a la vida”. En mi opinión es sencillamente perverso, atroz, inhumano. No se puede a discutir lo obvio. La vida como “bien”, no como algo consustancial al sujeto único y primer derecho. ¿Esto no va en contra del artículo 3 y 30 de la Declaración de 1948?

Concluyo. No somos objetos. Somos sujetos únicos en todo el universo, desde el momento de nuestro origen en la fecundación, hasta que la vida ponga un punto y aparte. Quiero luchar por mi vida, por la de todos. Soy biólogo por vocación, por devoción. La vida, sea lo que fuere, es maravillosa. Defenderla, en cualquiera de sus estados y/o expresiones, un derecho, una obligación, una necesidad y un reto. Viva la cultura de la vida, y quien la defienda: gobiernos, líderes civiles, líderes religiosos, ONGs, pero sobre todo las personas que lo hacen en su día a día, en las cosas pequeñas y grandes, en los buenos y malos momentos.

El secreto es el amor, como explicaba a D. Pedro del Cura D. Juan Antonio Reig. “A veces existen enfermedades que son incurables, pero ninguna es incuidable”. Esta hermosísima frase es amor. Es del día a día, de lo muy pequeño a lo grande. No es mía, es de Lucía.

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