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OPINIÓN

Armando Rodríguez Vallina

Armando Rodríguez Vallina

Presidente del Consejo de Administración de Jarama Desarrollos Inmobiliarios

Les propongo un pequeño viaje en el tiempo. Rivas, 1978. Cierren los ojos e imaginen un lugar prácticamente sin urbanizar. Madrid, que ya empieza a hervir en un nuevo tiempo de libertad, está a unos pocos kilómetros, pero Rivas parece otro mundo. Las aguas residuales de la capital circulan por sus campos, y el olor es prácticamente insoportable. ¿Quién querría vivir allí?

Eso me decían por aquel entonces, cuando promoví la creación de Covibar, entre el escepticismo de los bancos y el desdén de las compañías de servicios básicos. En 1983 entregamos las primeras viviendas, y el resto ya forma parte del ADN de Rivas. Hoy, el barrio de Covibar sigue siendo un modelo urbanístico.

Ese panorama de hace más de cuarenta años no tiene nada que ver con la realidad actual de nuestra ciudad, donde decenas de miles de personas disfrutan de buenas viviendas, buenos servicios públicos, buenas comunicaciones. Avenidas limpias y anchas, zonas verdes, bibliotecas, auditorios y zonas comerciales… ¿Quién no querría vivir allí?

La evolución de la ciudad ha sido muy rápida, sí, pero también sostenible y ordenada, según las premisas y normas que han ido emanando de los diferentes gobiernos municipales, que en esencia son también los que llevan hoy el timón municipal. Pero todo ha dado un giro brusco con la paralización de licencias en el Cristo de Rivas, aprobada en el Pleno Municipal de julio a instancias del alcalde.

En su intervención en el Pleno, el primer edil enfatizó la necesidad de un debate de calado sobre el urbanismo de Rivas. Bienvenido sea. Sin embargo, resulta difícil comprender la adopción de una decisión tan dura y drástica como es la suspensión cautelar de las licencias de construcción de viviendas por el plazo de un año prorrogable por otro más ”con el objeto de proceder a la alteración del planeamiento para redistribuir los usos e intensidades del Sector”. Jarama Desarrollos Inmobiliarios, titular del 99,3% de la Junta de Compensación del Cristo de Rivas, siempre ha sido receptiva a una redistribución que venga a significar la mejora de las dotaciones del sector. Estamos dispuestos a colaborar con el Ayuntamiento, compartiendo nuestros puntos de vista con el alcalde y remangándonos para encontrar la mejor solución. Pero para llevar a cabo esas mejoras no es necesario suspender todas las licencias.

No podemos olvidar que hay perjudicados directos por esta suspensión. La decisión del Pleno municipal debe respetar los derechos de cientos de familias que ya han adquirido o desean adquirir, directamente o a través de cooperativas, futuras viviendas en nuestra ciudad, cuyas licencias están en trámite desde hace muchos meses.

Al paralizar la concesión de licencias, se paralizan también empleos y expectativas vitales, se defraudan expectativas y se crean dudas sobre el Rivas que queremos: una ciudad abierta, que acoge y progresa. Más bien, algunos discursos apuntan a lo contrario: cerremos las puertas, no queremos más vecinos.

En este debate, algunas posiciones parecen ignorar de dónde viene Jarama, la empresa en la que se integró, a principios de este siglo, Covibar. Covibar, Cooperativa Obrera de Vivienda Barata, fue, insisto, un actor clave en el crecimiento de Rivas. No se trataba solo de construir viviendas, sino de construir ciudad. Y con calidad, como avalan los vecinos que invirtieron en sus diferentes promociones.

Este espíritu pervive en Jarama. La empresa cumple ahora veinte años, y en ese tiempo ha acreditado una labor profesional y solvente, cumpliendo sus compromisos con ciudadanos y administraciones y apostando por Rivas. Recuerdo, solo como ejemplo, que en este periodo Jarama ha cedido grandes superficies de terreno para parcelas dotacionales y zonas verdes, muy por encima de las obligaciones contempladas en la Ley del Suelo; también ha cedido a la Empresa Municipal de la Vivienda y al Ayuntamiento superficies para construir más de 3000 viviendas, además de espacios de ocio y expansión que eran de su propiedad y que ahora constituyen una gran parte del Parque Regional del Jarama.

No es cierto, por tanto, que los intereses particulares de Jarama y los generales de la ciudad sean antagónicos. Es un falso debate. Jarama nunca ha sido un ‘fondo buitre’ interesado en obtener rentabilidades inmediatas o un gigante del ladrillo. Jarama siempre ha trabajado para construir ciudad, y por eso es hoy la principal empresa ripense.

Rivas no puede crecer desordenadamente; nadie lo pretende. Menos que nadie una empresa como Jarama, que tanto ha tenido que ver en su progreso y que tanto ha aportado al bienestar social de sus ciudadanos. Pensemos en el futuro, dialoguemos todos, articulando, por el bien común, los diferentes derechos y puntos de vista. Sigamos avanzando, con equilibrio y sostenibilidad, creando ciudad.

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