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La peste es una enfermedad bacteriana responsable de una de las mayores mortandades de la Historia. Aunque no existen referencias escritas de su paso por Rivas Vaciamadrid, Diario de Rivas ha investigado la arqueología, el arte y la documentación para demostrar su incidencia en el municipio entre los siglo VI y XIX.

El estudio de los cuerpos de la necrópolis visigoda del yacimiento de la ermita de la Virgen de la Torre que realizaron los expertos del estudio Argea para la Junta de Compensación de Los Ahijones mostró que, con mucha probabilidad, la zona madrileña sufrió una epidemia de peste en el siglo VI d.C. Se trataría de la denominada como ‘peste de Justiniano’ que pudo originarse alrededor del 540 d.C. al sur de Etiopía (Uganda, Tanzania y Kenia) o entre el sur de Arabia Saudí y el norte de Yemen. Se extendió por toda Europa, Asia y África hasta el siglo VIII -Villalba, 2013-). Esta habría sido la primera vez, que se tenga constancia, de que la enfermedad azotó la región madrileña.

Según las tesis de Benedictow (2013), el regreso de la Peste Negra a la península ibérica se produjo por cinco focos a la vez, todos procedentes de Marsella, desde diciembre de 1347, por los Pirineos, Baleares, toda la costa levantina y Galicia. Existen pocas referencias directas sobre la epidemia en Castilla y no hay un itinerario claro de cuál fue la ruta de acceso que tomó la enfermedad hacia estas tierras. La crónica del reinado de Alfonso XI habla de que la zoonosis se había extendido por Castilla, León y la ‘Estremadura’ en 1348, con referencias poco concluyentes. La ciudad de Toledo resultó asolada en los meses de junio y julio de 1349. Ubieto (1975) sostiene que la Peste utilizó el Camino de Santiago como una auténtica autopista de infestación, atrayendo a peregrinos de toda Europa que recorrían esta vía espiritual para atenuar la cólera divina (pues esto consideraban que era la enfermedad) viajando hasta la tumba del apóstol. Es decir, que la vía de comunicación de la Orden de Santiago entre Uclés y la ciudad compostelana, entre cuyas etapas estaba Vaciamadrid, debió sufrir las consecuencias.

Mapa de expansión de la Peste Negra en España entre 1347 y 1351 (autor: Enrique Villalba)
Mapa de expansión de la Peste Negra en España entre 1347 y 1351 (autor: Enrique Villalba)

El lugar más sano del reino

No se tiene constancia documental de que la epidemia golpeara la ciudad de Madrid en esa oleada. Fray Jerónimo de Quintana, historiador de los siglos XVI y XVII, aseguraría posteriormente que la villa suponía:
«El lugar mas sano del Reyno, pues ni pestes, aun quando han corrido, ni otras enfermedades contagiosas ni peligrosas no se han padecido notablemente en tiempo que las ha padecido todo el mundo. Y si ay alguna enfermedad general en el Reyno, no es Madrid la primera, que convalece y sana» (cit. en Ferrer, 2016).

Esta epidemia provocó numerosos efectos. Según algunos autores, la pandemia supuso el inicio del fin de la Edad Media, el declinar de la Iglesia y el monasticismo, el comienzo de la Reforma protestante, la polarización de la fe y la superstición, la pérdida de confianza en las instituciones, y la adopción de filosofías pietistas -los flagelantes-, hedonistas -‘carpe diem’-, ascéticas y fatalistas -‘memento mori’ y ‘ubi sunt’-.

Se adoptaron santos especialistas contra la enfermedad en muchas iglesias, como San Sebastián, San Roque y la Virgen María (más tarde, San Carlos Borromeo). Hubo ataques contra los judíos, acusados de envenenar las aguas con la enfermedad. También, se crearon festejos apotropaicos (para alejar el mal) contra la peste, como el Santo Voto en Puertollano o La Pesta de Santa María de Arenys de Mar; se desarrolló el ‘ars moriendi‘ funerario en libros de horas, frisos, pinturas y poemas como los de Jorge Manrique y se representaron danzas de la muerte con actores vestidos de esqueletos, como en la procesión de Verges, en Gerona. También, mejoró el método científico y la práctica de la medicina, donde España tuvo eminentes teóricos como Ibn al-Jatib, Ibn Jatima, Mohammed al-Saqurí, Jaume d’Agramont, Sanç de Riudor, Johannes de Tornamira, Johannes Jacobi, el maestre Stéfano o el famoso Juan de Aviñón.

Danza de la muerte en Verges (fuente: Ayuntamiento de Verges / Sergi Costa).
Danza de la muerte en Verges (fuente: Ayuntamiento de Verges / Sergi Costa).

El ordenamiento de menestrales

No obstante, una de las consecuencias más graves fue la falta de mano de obra. Las ciudades arrasadas atraían nuevos vecinos desde las zonas rurales, que sufrían una fuerte despoblación por la suma combinada de la emigración y la pandemia. El hecho lógico fue que el espacio cultivado fue retrocediendo, aunque lo venía haciendo desde finales del siglo XIII por la contracción demográfica. Los trabajadores que quedaban exigieron mayores salarios por realizar las mismas labores y eran capaces de negarse a trabajar si no se cumplían sus exigencias. Para poder asumir el coste de producción, subieron necesariamente los precios de los productos básicos, mientras la carestía crecía. Los pequeños propietarios, al no poder asumir los costes, dejaron de trabajar sus tierras. Las regiones con una economía agrícola más pobre sufrieron una sangría demográfica por la migración a zonas en las que era posible obtener mejores salarios por la labor en el campo (Villalba, 2018).

El arrendamiento se generalizó, frente a los tradicionales sistemas de cesión de tierra a perpetuidad al campesino. De este modo, se obtenía una apropiación de la renta de la tierra más proporcionada con la productividad y supuso en varias zonas del reino castellano-leonés un retroceso de la secular estabilidad del campesino sobre su solar (Valdeón y Martín, 1996). Al llegar la Peste y escasear la mano de obra, los grandes propietarios de tierras (nobles y burgueses) se sintieron perjudicados por la nueva situación porque sus campos estaban vacíos y trabajarlos era demasiado caro. Por ello, se quejaron ante el rey Pedro I de Castilla en las Cortes de Valladolid de 1351.

Este desarrolló los ordenamientos de menestrales, destinados a organizar la vida económica y social de los reinos adscritos a esta corona. Estos documentos (una reforma laboral) obligaban, bajo pena de castigo físico, a que los mayores de doce años que no estuvieran heridos o enfermos, y que no fueran demasiado viejos, trabajaran las tierras de forma obligatoria. Establecía, asimismo, la necesidad de equilibrar los jornales (limitados con un máximo) y precios que se les debían pagar en cada zona a la que se adscribieran los labradores y de regular pagos en especie como las ‘labores de pan’ o la retribución de mesegueros. Estos salarios y precios variaban en función de la provincia del reino, por razón de sexos, con una desigualdad generalizada hacia las mujeres (salvo en el caso de las amas de cría). Establecía horarios de sol a sol (“quebrando el alba hasta que se ocultaba”) y calendarios, plasmaba las herramientas que aportaba cada una de las partes de la relación laboral, condenaba la vagancia y prohibía la mendicidad y cualquier tipo de asociación de trabajadores que no contase con oficiales del pueblo. Por el contrario, prestó poco interés al precio de los productos (Ferrer, 2016).

Víctimas de la Peste Negra con bubones (fuente: Biblia de Toggenburgo).
Víctimas de la Peste Negra con bubones (fuente: Biblia de Toggenburgo).

Rebrotes

Estos ordenamientos, lejos de solventar el problema, lo agravaron. El dinero no valía nada y Enrique II tuvo que adoptar de nuevo medidas intervencionistas. En 1373, las Cortes de Burgos fijaron que fueran los concejos los que fijaran los salarios de los menestrales y el precio de los artículos, a través de ordenanzas que debían ser aprobadas en última instancia por la Corona. El tema de la ociosidad de los labradores se vio resuelto en el ordenamiento de las Cortes de Briviesca de 1387, bajo el reinado de Juan I. En estas se dispuso que, para dar remedio a los daños ocasionados en las tierras yermas y perdidas por no ser trabajadas por estos “muchos vagabundos y holgazanes que podrían trabajar y vivir de su afán y no lo hacen, los cuales no tan solamente viven del sudor de otros sin trabajar y merecer” (recogido en Alonso de Montalvo, 1786), se les persiguiera y obligara a trabajar sin soldada.

Como contrapartida, se endureció el bandidismo en Castilla, lo que obligó a los monarcas a tomar medidas drásticas que incluyeron la persecución de los malhechores mediante un sistema adecuado de vigilancia, en el que cada ciudad debía aportar caballeros y peones para salir en su persecución. La situación no se terminaría de solventar hasta la época de los Reyes Católicos, cuando se creó la Santa Hermandad (Rivas de Jarama contaba con su propio alcalde de esta organización y alguaciles, según las Relaciones Topográficas de Felipe II de 1575 -Alvar, 1993-, a pesar de no contar con la población mínima estipulada para ello, por lo que el bandolerismo debía ser un problema grave en la zona).

Aunque la Peste Negra tuvo varios rebrotes hasta el siglo XVII, los más importantes se produjeron en la segunda mitad del siglo XIV, volviendo a golpear una y otra vez la península. Los regresos episódicos de la enfermedad, aunque de menor importancia a nivel territorial o de morbilidad, fueron reseñados con espectacularidad por los cronistas contemporáneos de los sucesos. Entre 1362 y 1367, la enfermedad arrasó Sevilla, Cataluña o Sahagún. En 1371, se dio la ‘mortandad de los adultos’ en Navarra y, otro brote, en 1374, atacó de nuevo la ciudad hispalense. El brote de 1380 debió afectar con severidad a Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia y Portugal. Los años siguientes se extendió hacia el resto de la península. Una ráfaga pestosa acabó con las huestes del duque de Lancaster en 1387 que avanzaban por Galicia con el objetivo de tomar el trono castellano. También acabó con mucha población en Navarra y Burgos. La de 1391, hizo lo propio en Soria, que tuvo que pedir reducción de tributos por la despoblación, al igual que Segovia un año más tarde.

Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Pezuela de las Torres (fuente: Comunidad de Madrid)
Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Pezuela de las Torres (fuente: Comunidad de Madrid)

Santos especialistas

Según el ‘Libro Becerro’ del Archivo Parroquial de Pezuela de las Torres, citado en la tesis doctoral del historiador Miguel Mayoral y referido en ‘Historia de Velilla de San Antonio‘, un rebrote pestífero, acompañado de una plaga de langosta, asolaba en 1393 toda la franja este de la región. A finales de agosto de ese año, hubo que desalojar precipitadamente al rey Enrique III de Madrid hacia Illescas, ciudad donde se celebraba sesión de Cortes, por la llegada de la enfermedad a la zona. La pestilencia continuó en Roa en 1394, en Mérida y Cataluña, en 1395; y hubo otro brote en 1397 que surgió en Zaragoza que persistió hasta el año 1400. En la centuria siguiente, la epidemia regresó casi cada década, señala Iradiel (1998), registrándose casos en 1401, 1412, 1434, 1442, 1457, 1465, 1468, 1475, 1483, 1495.

Como ya explicó este periódico en otro reportaje en profundidad, la iglesia de San Juan Bautista de Ribas de Jarama, era de características tipológicas románicas. Probablemente, un templo de repoblación. De tal modo, su construcción debió producirse entre los siglos XI y XVI (el románico madrileño tuvo mucho más predicamento que el gótico en la región hasta bien entrada la Edad Moderna). En su interior, atesoraba todavía en el siglo XVIII un altar menor en honor a San Sebastián, patrono especialista contra la peste (ADT, 1721). Se le solía representar martirizado con saetas y cubierto con un manto protector. Es decir, que en el término se produjo pestilencia o hubo un miedo real al contagio que derivó en ritos para ahuyentarla.

Esta periodicidad obligó a la creación de reglamentos y disposiciones sobre salubridad en los municipios (AVM, 1607). Se incrementó la burocracia de acceso a la ciudad y los dispositivos de seguridad (porque se produjeron robos y saqueos -AVM, 1530-). Todo ello incrementó los gastos presupuestarios (y, por tanto, los impuestos de productos como el vino y las incautaciones de otros como la pimienta). Hubo que reforzar cercas y portillos (las puertas por las que se permitía pasar eran, habitualmente, las de Alcalá, Atocha, Toledo, Segovia y Fuencarral -AVM, 1629-, las mercancías pasaban por la puerta de Almenaras -AVM, 1629-). Y es que había que pagar las horas extraordinarias a caballeros regidores, guardas, alguaciles y porteros (AVM, 1598). También se regularon las comunicaciones, poniendo protocolos de entrega de cartas en las estafetas de correos de la ciudad y su alfoz (AVM, 1629).

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Planta de la iglesia de San Juan Bautista de Rivas de Jarama (1870) (fuente: IGN)
Planta de la iglesia de San Juan Bautista de Rivas de Jarama (1870) (fuente: IGN)

Cordón sanitario

El 9 de abril de 1529, el corregidor y justicia mayor de la villa de Madrid, Pedro Ordóñez, encargó pregonar, por orden del rey Carlos I, en los municipios de Alcobendas, Mejorada del Campo, Arganda del Rey, Vallecas (dentro de este sexmo se encontraban Ribas de Jarama y Vaciamadrid) y San Fernando de Henares que estos pueblos no permitieran el paso a personas procedentes de municipios donde se sufriera pestilencia, bajo penas graves, salvo que contasen con un salvoconducto (AVM, 1529).

Esta medida quiere decir que estos municipios servían de ‘cordón sanitario’ para que la futura capital no sufriera los efectos de la bacteria. Probablemente, se usaban partidas de guardia fijas y móviles (a pie y a caballo -AVM, 1580-) para prevenir pasos indebidos.

En 1580 y 1598, se tienen noticias de nuevos episodios de la enfermedad. Para entonces, Vaciamadrid había quedado despoblada en 1555 (se desconoce el motivo) y estaba prácticamente desierta en 1575, tal y como reflejaban las declaraciones vecinales de las Relaciones Topográficas. En 1599, Arganda del Rey sufrió la epidemia de peste, motivando la creación de la Ermita de San Roque (otro de los santos especialistas contra la enfermedad), consagrada por Juan González de Mendoza, Obispo de Lípari, el 1 de abril de 1603 (AMAR).

No debió afectar demasiado a la memoria del pueblo (es decir, no debió haber muchos afectados o se repobló más tarde) porque, el 21 de marzo de 1632, cuando se inauguró la iglesia de San Marcos, había 24 vecinos (es decir, la población se había recuperado) y no existen referencias a patronas protectoras como Nuestra Señora La Antigua hasta 1671.

Parroquia de San Marcos de Rivas Vaciamadrid (Fuente: Diario de Rivas)
Parroquia de San Marcos de Rivas Vaciamadrid (Fuente: Diario de Rivas)

Salvoconductos

En 1629, la ciudad de Madrid estableció un control de puertas y mercancías, y retiró permisos de pesca y de barcas de los ríos para bloquear el paso de los apestados procedentes de la zona de Los Pedroches, en Córdoba, y de Extremadura, donde había regresado la epidemia (AVM, 1637). Es decir, que el paso por el Manzanares y el Jarama, en el que Ribas de Jarama y, sobre todo, Vaciamadrid, eran puntos estratégicos, tuvo que quedar vedado el paso por los vados y los barcazgos se restringieron.

El 12 de junio de 1637, la Junta de Sanidad de Madrid pregonó un auto a los vecinos de la ciudad y los pueblos asociados (Ribas y Vaciamadrid incluidos) que barriesen las delanteras de las puertas de sus casas, so pena de 600 maravedíes, para contener la epidemia. La peste de 1648 obligó al juez real Juan Serrano de Sanabria a establecer guardias en la barca de Arganda y los vados del río de la zona para evitar el contagio del ámbito madrileño por las personas procedentes de Murcia, Valencia, Elche y Orihuela (AVM, 1648).

El Concejo nombró nuevos guardias y adláteres para prestar asistencia adicional en los parajes madrileños ante los contagios que se sucedían en los pueblos del reino, desde Murcia y Valencia (AVM, 1648). Este brote duró hasta 1652, como demuestran los salvoconductos de los viajeros visados por los escribanos en los municipios de origen que deseaban alcanzar la capital (AVM, 1650 y AVM, 1652).

En esa época, se instituyó la costumbre de sacar de procesión a la Virgen de Atocha y a Santo Tomás. En la resistente epidemia entre 1678 y 1682, los espectáculos taurinos fueron cancelados (AVM, 1682) y la guardia realizaba rondas para cortar el paso a los apestados (AVM, 1679).

Virgen de Atocha de Madrid (fuente: Opus Dei).
Virgen de Atocha de Madrid (fuente: Opus Dei).

Franela por algodón

La peste no regresó hasta 1721, procedente de Francia (AVM, 1721). En el ínterin de ambas epidemias, con permiso de las plagas de langosta, la documentación arroja, tal y como demostró este redactor en otro extenso reportaje, una revigorización de ambos pueblos, con un aumento demográfico, la creación de cofradías y hermandades piadosas (masculinas y femeninas) a modo de mutualidad, la inversión en objetos de devoción en las iglesias, el aumento de la capacidad del pósito de Ribas de Jarama, el saneamiento de las cuentas de las parroquias y hasta la creación de un hospital (ADT, 1756), probablemente, un lazareto para enfrentar el brote pestífero. Tras el paso de la peste, en una visita pastoral, el enviado episcopal de Toledo indicaba que Ribas de Jarama era un despoblado asociado al convento de mercedarios descalzos con apenas diez vecinos. Vaciamadrid, azotada además por las avenidas de los ríos, tenía nueve.

Comenzó así un declive que se extendió hasta bien entrado el siglo XIX, cuando se unificaron los municipios. Mientras tanto, las estrategias de defensa ante la enfermedad mejoraron sustancialmente en el ámbito madrileño. El licenciado Juan Díaz Salgado escribía en 1756 un manual de instrucciones para la preservación de la enfermedad y su curación, dentro de la estrategia de la diputación de Sanidad del reino (AVM, 1756). En 1784, ya se realizaban fumigaciones con máquinas (AVM, 1784).

Y, en la gran peste de 1800-1805, procedente de la Baja Andalucía, se creó una estrategia de contención de la epidemia basada en el establecimiento de un cordón sanitario en La Carlota y la Carolina (AVM, 1800), se controlaban los envíos de algodón para evitar las fuentes de contagio (AVM, 1803), siendo sustituidos por franela (AVM, 1800), se estableció un cuerpo municipal de médicos y un hospital de epidemias en Maudes, se puso a los curas y presbíteros a ayudar en la vigilancia de las puertas (AVM, 1804), se obligó a enterrar a los apestados finados en los cementerios en vez de en casas o parroquias (AVM, 1810).

Sitio de Ambroz en Vicálvaro (fuente: Asociación Vicus Albus).
Sitio de Ambroz en Vicálvaro (fuente: Asociación Vicus Albus).

Carruajes perfumados

Además, se trasladó a los presos sospechosos de enfermedad de la Cárcel de Villa al despoblado de Ambroz, cerca de Ribas de Jarama, a pasar cuarentena con motivo de la epidemia (AVM, 1803). Los carruajes debieron ser perfumados tras el traslado (AVM, 1803), por lo que debía haber casos avanzados de la enfermedad (el mal olor se producía cuando estallaban las bubas) y, de hecho, hubo de habilitarse un cementerio junto a la cárcel ese mismo año (AVM, 1803).

Los presos trataron de escapar varias veces de prisión armándose y escalando los muros del recinto para no morir contagiados, pero se reforzó la guardia y se estableció pena de muerte para cualquier evasión (AVM, 1803). Los que sobrevivían a la cuarentena, eran desterrados de la ciudad, antes que devolverlos a la cárcel de la ciudad, como medida preventiva (AVM, 1804). Las medidas profilácticas no debieron ser totalmente adecuadas, porque en 1805, vecinos de Vicálvaro manifestaban fiebres pestilenciales (AVM, 1805), aunque parece que remitió pronto por el silencio documental posterior.

Tras la peste de Mallorca de 1820, otras enfermedades como la fiebre amarilla, la viruela y el morbo cólera tomaron prevalencia hasta el descubrimiento de la vacuna contra la enfermedad a finales del siglo XIX por Waldemar Haffkine, después de los estudios bacteriológicos sobre la enfermedad de Alexandre Yersin y Kitasato Shibasaburo.

Bibliografía y webgrafía:

  • ADT, (1721), Visitas, Partido de Madrid, Caja 4, Doc. 1.
  • ADT, (1756), Visitas, Partido de Madrid, Caja 6, Doc. 24.
  • ALVAR, A. (1993). Relaciones Topográficas de Felipe II: Madrid. Vol. II. J-I-16, fol. 182-189. CSIC.
  • AMAR, ‘La Ermita de San Roque es consagrada por el obispo Juan González de Mendoza’, 33 1603, (En línea), consultado el 28 de junio de 2024, enlace: https://archivo.argandadelrey.es/buscador?p_p_id=com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet&p_p_lifecycle=0&p_p_state=maximized&p_p_mode=view&_com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet_mvcPath=%2Fview_content.jsp&_com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet_redirect=https%3A%2F%2Farchivo.argandadelrey.es%2Fbuscador%3Fp_p_id%3Dcom_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet%26p_p_lifecycle%3D0%26p_p_state%3Dmaximized%26p_p_mode%3Dview%26_com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet_mvcPath%3D%252Fsearch.jsp%26_com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet_keywords%3Dpeste&_com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet_assetEntryId=126106&_com_liferay_portal_search_web_portlet_SearchPortlet_type=content&inheritRedirect=true
  • AVM, (1529), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 137, Núm. 24.
  • AVM, (1530), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 6.
  • AVM, (1580), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 8.
  • AVM, (1598), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 1.
  • AVM, (1607), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 1, Núm. 69.
  • AVM, (1629), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 9.
  • AVM, (1629), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 24.
  • AVM, (1637), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 25.
  • AVM, (1637), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 139, Núm. 11.
  • AVM, (1637), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 138, Núm. 16.
  • AVM, (1648), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 144, Núm. 3.
  • AVM, (1648), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 144, Núm. 29.
  • AVM, (1649), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 144, Núm. 47.
  • AVM, (1650), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 144, Núm. 35.
  • AVM, (1652), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 144, Núm. 33.
  • AVM, (1679), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 150, Núm. 32.
  • AVM, (1682), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 150, Núm. 30.
  • AVM, (1721), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 150, Núm. 31.
  • AVM, (1756), Secretaría, Tomo XII, Secc. 3. Leg. 395, Núm. 3.
  • AVM, (1784), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 28, Núm. 19.
  • AVM, (1800), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 140, Núm. 1.
  • AVM, (1800), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 145, Núm. 12.
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  • AVM, (1803), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 151, Núm. 77.
  • AVM, (1804), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 146, Núm. 24.
  • AVM, (1804), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 151, Núm. 6.
  • AVM, (1805), Secretaría, Tomo XII, Secc. 1. Leg. 153, Núm. 1.
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  • Ordenanzas reales de Castilla, (1780). Rec. DÍAZ DE MONTALVO, A. Tomo III. Libro VIII. Tít. XIV. Madrid. pp. 212-245, 281.
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  • VILLALBA, E., (2018), ‘Las crisis medievales. La Peste Negra en la península ibérica en la Baja Edad Media. Consecuencias socioeconómicas de la epidemia en el reino de Castilla’. Dirigido por LADERO, M. F. Trabajo de fin grado. Inédito. UNED. Madrid.
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