Diario de Rivas halla en el Archivo Municipal el proyecto del cementerio de 1933, la obra más importante en el pueblo durante la Segunda República Española. La documentación es de gran importancia porque, entre otros aspectos, además del propio expediente, indica la composición de la Corporación municipal, se conocen tres alcaldes del período -uno de ellos no reflejado en la historiografía tradicional-, se analiza la demografía funeraria del municipio, ofrece referencias de las infraestructuras de transportes de la zona y hasta muestra el aspecto del escudo del municipio en esta época.
El equipo del Archivo Municipal de Rivas Vaciamadrid recuperó el año pasado de uno de los almacenes del sótano del edificio de servicios administrativos una habitación llena de documentación antigua que no había sido registrada por la administración moderna, con el objeto de protegerla y catalogarla adecuadamente. Varios de ellos son documentos afectados por la inundación de las instalaciones municipales a causa de las intensas lluvias acaecidas a finales de 2008.
Este redactor, con la colaboración de la archivera municipal y su equipo, ha consultado esta documentación en busca de registros anteriores a la fundación del nuevo casco histórico del municipio. Entre otros escritos hallados, además de libros de contabilidad y plenamente burocráticos, quizás el documento más valioso de toda la serie es el proyecto de creación del actual cementerio municipal, creado durante la Segunda República Española, así como detalles de intervenciones posteriores en el mismo. Este periódico ya realizó una extensa investigación sobre esta infraestructura, siempre con documentación y testimonios indirectos, habida cuenta que se consideraba que la destrucción del Archivo municipal tras la guerra había supuesto la desaparición de casi todos los legajos municipales anteriores a 1939 y, con ellos, el proyecto de esta infraestructura.
Según la documentación hallada por este periódico, el Pleno del Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid, con la alcaldesa Catalina San Martín al frente, aprobó el 18 de mayo de 1933 ante la Comisión de Fomento del Consistorio integrada por Marciano Rivas, futuro alcalde, y Ángel Suardíaz, propietario de la finca de El Porcal) designar los terrenos para el camposanto. El presupuesto ascendía a 10.211,34 pesetas.
Falta de condiciones higiénicas
El secretario municipal de la época, Francisco Urosa, explicaba en su escrito justificativo (con el membrete con el escudo republicano de Rivas, primera referencia que se tiene en un documento municipal del mismo) que se construía la nueva instalación en virtud de la Ley de Secularización de Cementerios de 1932, por la que se obligaba a las poblaciones a disponer de cementerio municipal y Rivas no contaba más que con cementerios parroquiales (el de la iglesia de San Marcos de Vaciamadrid, y el de la iglesia de San Juan Bautista de Ribas de Jarama, templo que se encontraba en estado de total abandono, aunque el cementerio aún funcionaba). Además, el existente se hallaba muy cerca de la población y no disponía de las instalaciones que estipulaba la Ley. Además, recomendaba no expropiar ni incautarse de dicho espacio mortuorio «por la falta de condiciones higiénicas, de su emplazamiento y por su falta de capacidad«.
Se propuso como lugar de asentamiento el coto redondo de Vaciamadrid, propiedad de Juan José de Rojas, previo dictamen médico (de los doctores del pueblo, Joaquín Soto de Usa, y el de Velilla de San Antonio, Prudencio Casado Redondo), para instalar la nueva necrópolis. Tras realizar estudios geológicos y meteorológicos de inmediato, y analizar las defunciones entre 1923 y 1932 (110) se decidió el lugar por estar alejado de corrientes de agua, contrario a las corrientes de aire de la población, a un kilómetro de distancia de suelo urbano, en pleno camino entre Ribas de Jarama y Vaciamadrid, entre el ferrocarril del Niño Jesús (el tren de Arganda) y la carretera de Arganda, y detrás del paraje conocido como Olivar de Vaciamadrid. Rojas cedió el terreno sin pedir contraprestación.
La Comisión realizó el estudio del proyecto hasta septiembre junto con el arquitecto del pueblo de Vallecas, Julio Luis Lázaro Giner. De tal modo, se dio el visto bueno por unanimidad en el del 28 de septiembre de 1933 por la presidenta, Catalina San Martín, y los vocales Francino Urosa, Rafael Rollán y Francisco Arranz (que, junto a Nicolás Sacristán, Julián Santero, citados en la documentación, Marciano Rivas y Ángel Suardíaz debían conformar el equipo municipal ripense del momento). Poco después, San Martín dimitió de su cargo, tras un acto de donación de cunas con Clara Campoamor, pues el siguiente documento, fechado el 20 de octubre figura con la alcaldía (se presupone que interina) de Nicolás Sacristán, y, el 23 de octubre, ya figuraba Marciano Rivas como nuevo regidor.
Incremento de las contribuciones
El cementerio se calculó para tener capacidad suficiente para dar servicio durante 20 años como mínimo y un máximo de 40 años, sin recurrir a la remoción de restos humanos. El camposanto se calculó como un recinto de 34 metros de fachada por 50 de fondo, con 1.720 metros cuadrados de superficie, perimetrados por un muro de 2,35 metros de altura, de mampostería con pilastras de ladrillo, cubierto de yeso y coronado por un caballete en albardilla. Se proyectó una distribución interior con una avenida central de cuatro metros de ancho con dos mesetas a sus lados con doce grupos de lápidas a un lado y catorce al otro, con capacidad para cuatro fosas con cabida para cuatro cuerpos en cada grupo. Es decir, tenía capacidad para 832 cadáveres. El diseño permitía una ampliación junto a las tapias de otra fila, aunque se consideraba innecesario, ni siquiera en caso de epidemia. El suelo de las zonas de paso era de hormigón con mortero de cemento y baldosín hidráulico. La fachada tenía tres puertas centrales con una verja de hierro de cuadradillo y pletina con zócalo, que daban acceso a un vestíbulo cubierto que daba paso a dos pabellones con tejado de teja árabe a cuatro aguas con ventilación directa: a la derecha, un almacén y una garita para un guarda; a la izquierda, un depósito de cadáveres.
En el pliego de condiciones del proyecto, se estableció como apunte adicional la condición de contratar con preferencia a los trabajadores del pueblo en los oficios en los que fueran especialistas. Para poder sufragar el pago de la obra, se incrementaron en un 10 por ciento las contribuciones territoriales (el IBI) e industriales. Tras sacarlo a subasta el 9 de noviembre, se dio de plazo para su construcción 75 días hábiles, con un horizonte de construcción hasta el 1 de abril de 1934. Se adjudicó finalmente el 22 de noviembre por 9.699 pesetas a Pedro Alonso Gil, albañil del pueblo de Fuencarral.
«Precios absurdos por lo rebajado»
La construcción se hizo a buen ritmo aunque hubo dos problemas. En primer lugar, Rojas pretendió cobrar por la extracción de piedra de su cantera para la construcción del cementerio algo que, según informaron a Alonso en el Ayuntamiento, sería gratis. Por ello, propuso sustituir la piedra por ladrillo y grava y el yeso por cal (lo que supondría obras de rehabilitación sucesivas en las décadas posteriores).
El contratista propuso, luego, una serie de cambios al alza en el contrato en lo que pareció ser una baja temeraria. Primero, pidió un adelanto para pagar a sus trabajadores por quedarse sin fondos en enero de 1934. Luego, argumentó que aceptó el proyecto porque se movía en dificultades económicas y que la ejecución que estaba haciendo no era la ideal, pues «saben que puse unos precios absurdos por lo rebajados». En ese sentido, dijo que las verjas propuestas eran ligeras y antiestéticas y proponía que el margen del presupuesto no ejecutado para la obra se le facilitara para encargar otras mejores. También se había ahorrado la capa de yeso con zinc que evitaba que las aguas subterráneas se colaran en el subsuelo del recinto (esto provocaría que, décadas más tarde, los vecinos tuvieran que drenar el suelo del cementerio porque los cadáveres flotaban dentro de las fosas). La recepción de la obra se produjo el 29 de marzo de 1934.
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