Completamos nuestra serie de reportajes históricos sobre la historia de Ripa carpetana, el asentamiento urbano más antiguo del municipio, para fijar cuál es el origen verdadero de la ciudad. Esta vez, Diario de Rivas refiere los asentamientos antiguos que sí conformaron auténticos grupos complejos en el municipio.
Como ya demostró este redactor, no existen pruebas documentales, ni arqueológicas que demuestren que el origen de Ribas de Jarama como núcleo urbano es anterior al siglo IX d.C. No obstante, eso no fue óbice para que existieran asentamientos organizados en el término municipal de hoy día. Concretamente, en la zona de Vaciamadrid, hubo dos estructuras habitacionales premedievales que articularon las pequeñas explotaciones de los alrededores: un refugio celtíbero y una población romana.
La terraza alta del Manzanares que pasa por Rivas se llama el cerro de El Dominado, según las referencias de los especialistas del Museo Arqueológico Nacional y Regional. Un nombre que debía ser común hasta principios del siglo XX en el territorio ripense, pues era habitual encontrarlo en la cartografía y la topografía decimonónica. El espolón es un avistadero estratégico que controla el paso llano del río Manzanares entre Arganda del Rey y Vallecas, el descenso hacia Getafe (de ahí la presencia de restos cerámicos prehistóricos y las numerosas fincas herederas de las antiguas suertes que aún perviven) y la conexión entre el río capitalino con el río Jarama (también perimetrada por fincas y controlada desde la antigua Casa de los Conejos). La presencia de aguas, la abundancia de caza y un suelo proclive a la agricultura le ofrecían todas las características para acoger una ciudad.
Aunque antes había habido asentamientos casi ininterrumpidos durante el Paleolítico Medio, buena parte del Superior, y desde el Neolítico final en adelante, puede afirmarse que el primer entramado de carácter vagamente urbano se produjo en la fase avanzada de la Edad del Hierro. En este sentido, seguía la misma disposición (asentamiento elevado y arrabal en llanura, en este caso, con varias pequeñas explotaciones agropecuarias alrededor) con que contaron muchas ciudades carpetanas.
‘Nidos de águila’
A falta de estudios arqueológicos en profundidad, se podría considerar que El Dominado y su aldea en el valle eran una urbanización subsidiaria del castro del cerro de La Gavia (de hecho, existe cierta continuidad entre ambas a través de evidencias de asentamiento como los restos carpetanos hallados en el arenero de Arriaga, idénticos a nivel estilístico a los de El Dominado), fechado por los arqueólogos entre los siglos IV a.C. y I d.C., y de camino a la ciudad de Arkanta (‘ciudad de las aguas’), actual Arganda. En sus inmediaciones, se hallaron cerámicas de la época y toda una secuencia posterior hasta estilos medievales con fragmentos de galbos y bordes pintados con líneas rojas y negras, cochura oxidante hecha a torno, pastas finas y desgrasantes pequeños, y formas exvasadas de labio plano vuelto hacia fuera. También, dientes líticos de hoz (ACM, 1989).
La Dirección General de Patrimonio Cultural de la Comunidad parece haber dado con la clave para justificar esta continuidad. En 2024, llevó a cabo rastreos por teledetección con la tecnología Lidar que no arrojaron grandes infraestructuras defensivas, más allá de algunas pequeñas estructuras fortificadas que, junto a la documentación gráfica y arqueológica permiten perfilar la fortificación, denominada de forma errónea como castro. Este tipo de exclaves elevados, muy numerosos en el sur y el este de la región, tributarios de los asentamientos importantes, solían contar con algún foso y rampas de tierra porque la elevación sólo servía de protección ante un peligro.
Es decir, que lo más probable sería que la actividad estuviera en la llanura junto a los ríos, siendo el germen del futuro Vaciamadrid, y contasen con un refugio de último recurso en las alturas, los famosos ‘nidos de águila’. No obstante, hay pruebas de asentamiento continuado en este espacio, al menos, desde la Edad del Hierro a la Edad Media cristiana (ACM, 1989), pasando por todas las fases de la época romana (132/13 MAN), tras las que la población bajaría a la vertiente el oeste (ACM, 1989), en el valle horadado por el Manzanares que permitía el paso a Getafe y Vallecas, en el que luego, primero en época musulmana y luego cristiana, se gestarían las primeras suertes de la villa de Madrid (en este espacio, se encontraban, que se tengan referencia, fincas entre la sixta, en Getafe, y la oncena en Rivas Vaciamadrid, que da nombre a uno de los arroyuelos que descienden desde los montes de Vallecas hasta el río).
Entrada amurallada
Si damos por buena la tesis de la subsidiariedad de La Gavia, podríamos ofrecer un primer perfil del modo de vida de los carpetanos vaciamadrileños (o ripenses, si queremos considerar El Dominado como la Ripa Carpetana que citaban en los siglos XVII -Pellicer, 1647- y XIX -Marín, 1887-, aunque sea poco probable esta aseveración según la lógica que utilizaron los cronistas de la Edad Moderna y Contemporánea), gracias a los hallazgos obtenidos por Jorge Morín y Dionisio Urbina (2005), primero, y la empresa Arqueostudio, después, para el Adif, en los yacimientos de Gavia I y III.
Este asentamiento vallecano estuvo ocupado en tres etapas distintas. La segunda (la primera de la que se conservan habitáculos) estructuraba el ámbito en dos calles, con una entrada amurallada al norte (probablemente, el esquema era el de un espolón con barrera y torreones), con un foso. En esta configuración, se arracimaban hileras de casas con zócalos de piedra y alzados de adobe sobre entramado de madera y cubierta vegetal. En la segunda Edad del Hierro, las casas compartimentaron sus espacios, introduciendo vestíbulos y zonas de molienda, la presencia de cerámica griega, púnica y romana, muestra de potentes redes de comercio.
Los investigadores también excavaron los restos de un edificio relacionado con una explotación agropecuaria de época altoimperial (siglos II-III d.C.), con muros de mampostería de piedra caliza y yeso, con dos habitaciones en el lado sureste y un amplio patio. Destaca en esta zona el hallazgo de cerámica de terra sigillata y producciones de cerámica común. Bajo el inmueble se encontraron los restos de un camino, delimitado por muros en sus laterales y relleno con tongadas de arena y yeso picado, que parece que se dirigía al cerro de La Gavia, también de época romana (posiblemente, del siglo I d.C.).
Ninfas varcilenses
Junto a este edificio, se trabaja actualmente en un complejo de mayor dimensión que parecía contar con un lagar o bodega para la producción de vino datado en el siglo II-III d.C. También, se ha descubierto en muy buen estado de conservación un ‘calcatorium’ o piscina para el pisado de la uva, que conecta con el ‘lacus’ o depósito para almacenar mosto. Su peculiaridad es que son de los más grandes localizados en España.
Asimismo, un altar de adobe de reminiscencias orientalizantes de tipo fenicio (respecto a este aspecto, convendría estudiar si tuvo algún tipo de relación con el culto sincrético romano a las ninfas o efidríades varcilenses de Arganda -Benito, 1891-), pues existen fundadas sospechas de que la zona del sureste tenía espacios de peregrinación vinculada a sus manantiales salobres, de propiedades curativas, existentes en los alrededores de La Gavia, en la fuente del salobre de Valtierra y, en Rivas, con la Amarguilla (vinculada a la milagrería del Cristo de Rivas) y Capa Negra.
A juicio de los arqueólogos, el fin de la guerra púnica inició el período de mayor actividad de este espacio, mientras que otros, como Miralrío, el Quemadero o Arriaga, de los que hablaremos a continuación, perdieron importancia. De tal modo, puede argumentarse que la nueva potencia conquistadora concentró la autoridad política en menos puntos que pudiera controlar de manera más eficaz.
Silos en cabañas
Los antiguos gavienses (nota: se ha utilizado este gentilicio inexistente en base al del municipio granadino de Las Gabias, el pueblo español actual que posee el nombre más similar al de La Gavia) cultivaban trigo para hacer pan, cebada (que mezclaban con mijo para hacer tortas, fermentaban para hacer cerveza y usaban para alimentar a animales de tiro), yeros, lentejas, habas, guisantes, cominos, guijos, almortas y vezas (los garbanzos llegaron en la época romana). También, ciruelas, manzanas, zanahorias, apios y bellotas (que se transformaba en harina). A nivel ganadero, se criaban mulas, burros, bueyes y ovejas (para la producción lanera).
El yacimiento de Miralrío, al otro lado de la carretera de Valencia, da más pistas de la forma en ese tiempo en nuestro municipio (Villalba, 2021). Este yacimiento estuvo ocupado en tres períodos desde el Bronce Final I, coetáneo con el importante yacimiento abulense (en la localidad de Cardeñosa) de Cogotas (1.500-1.000 a.C.). De él se conservan las bocas de tres silos (que eran interiores a las viviendas, lo que induce a pensar que existieron sendas cabañas sobre ellos que no se han conservado). Estos silos estaban forrados de barro compactado para mantener una temperatura fresca y constante que conservara el grano (se hallaron restos de cereal y semillas, además de basura en estratos superiores) en perfecto estado.
La siguiente organización corresponde con la primera Edad del Hierro, coetánea al período tartésico (siglo V a.C.), en la que se aprecia una cimentación con tres basas pétreas para pilares de madera que, probablemente, respondía a una construcción de planta oval.
Esta disposición evolucionó a una última fase de ocupación, en la segunda Edad del Hierro (siglo IV a.C. hasta su definitivo abandono en el siglo II a.C., más o menos al comienzo de la segunda guerra púnica) que transformó el inmueble en una vivienda agrícola simple de planta rectangular con dos estancias (un almacén y un habitáculo con un hogar y un horno con revoco para hornear pan, unidas mediante un vano de acceso).
Cerámica jaspeada
Esta fue construida mediante un zócalo pétreo de tres hileras de roca unidas con arcilla sobre el que se elevaban paredes de tapial y adobe sin ventanas con pilares de madera, suelo apisonado y un tejado de ramaje (retama y brezo, probablemente), impermeabilizado con arcillas. Por seguro, los habitantes de la finca se desplazaron al campillo de San Isidro, en el antiguo casco, donde se encontraron restos romanos o, más seguramente, al Vaciamadrid de época romana, que se configuraba como la referencia del período.
La cimentación de Miralrío contaba con oquedades en las paredes para guardar vasijas cerámicas para el almacenamiento, así como un banco corrido alrededor del hogar. En el exterior, una hilera de guijarros delimitaría un eje simple y longitudinal que ordenaría de manera simple el espacio público como eje vertebrador del asentamiento. También se hallaron empedrados pertenecientes a estructuras ya desaparecidas, aunque no fueron espacios habitados.
Los arqueólogos de la Comunidad de Madrid hallaron, en un radio de 3.000 metros cuadrados, restos de cerámica jaspeada, ibérica (decoración pintada con temas geométricos), y de influencia céltica (negra bruñida y espatulada; y estampillada de pasta gris) en forma de ollas, queseras, platos, escudillas… Además, se hallaron molederas de barco para trabajar el cereal y molinos de piedra, útiles agrícolas –hoces-, una fíbula de doble codo, un clavo de sección cuadrada, fragmentos de pesas de telar, utensilios de hueso y una punta de lanza de sílex.
La memoria de Mercuria
El estudio de los elementos hallados y de la cultura de los asentamientos circundantes muestra que los habitantes de Miralrío, sobre todo, en las últimas fases de asentamiento, es decir, las carpetanas, hacían vida en el exterior durante el día, por lo que se presuponen toldos o porches que ganasen espacio externo. Modelaban cerámica con un torno mecanizado, cultivaban trigo, centeno y cebada (que trillaban de manera rudimentaria), leguminosas, vid y olivas. Criaban ovejas, cabras y, probablemente, tenían algún bóvido, según los restos encontrados. Cazaban jabalíes, ciervos y conejos, y pescaban. Recolectaban frutos del bosque, bellotas y castañas. También tejían y hacían cestería con mimbre y esparto, y producían cal.
Por su parte, la villa de Vaciamadrid había tenido un crecimiento continuado desde la Edad del Bronce (ACM, 1989) hasta época tardorromana (MAN, 1977), aunque había estado habitada también por neandertales durante el período musteriense. El poblado debía ser un racimo de cabañas con un recinto amurallado que evolucionó en un vicus (ACM, 1989) con estancias ornadas con estucos rojos. Allí se hallaron cerámicas republicanas romanas y campanienses de época imperial lisas e impresas, sigilatas de diverso tipo, vasos, tejas y ejemplares posteriores que muestran la degradación de la red comercial hacia cerámicas más toscas de producción probablemente local en época tardorromana o previsigótica, como las que se pueden contemplar en el pequeño museo de la finca de El Porcal (Villalba, 2022). También, puntas de lanza de bronce, restos óseos, y pesas de telar. Probablemente, el pueblo tuvo una necrópolis.
En la zona y los alrededores se han hallado monedas de distintas épocas de dominación romana (se encontraron, entre otros, ejemplares de cecas de Aquileia, Constantinopolis y Antioquía) y hasta una lápida, hoy desaparecida, en memoria de una joven llamada Mercuria, fallecida con 22 años. La vecina ripense más antigua cuyo nombre conocemos.
La ruta del esparto
La zona del actual casco antiguo debió ser tributaria de la anterior. En 1989, se hallaron allí en excavaciones cerca del cementerio cuencos de sigilata con acanaladuras que tendrían su continuación en época islámica y cristiana (ACM, 1989). También estaban pobladas la zona del Quemadero (ACM, 1989), y, sobre todo, la Deseada (ACM, 1989), donde se hallaron, además de cerámicas, restos de infraestructuras de una construcción, posible continuación de las halladas en la zona vaciamadrileña para controlar el paso del río desde el cerrete que en tiempos dominaba el lugar.
Este punto de control y la presencia de restos de diversa índole en el camino que acompaña al arroyo de Los Migueles permite perfilar una ruta este-oeste (quizás la antigua ruta del esparto desde Cartago Nova a la ribera del Duero por Segóbriga) previa a lo que hoy es la carretera de Valencia y que se podría dirigir a espacios como los asentamientos del arenero de Arriaga (ACM, 1989) y el poblado de Almodóvar (denominación musulmana de Torre Pedrosa que significa ‘cerro redondo’ y que es la que figuraba en el documento de cesión de territorios que suscribió el reino taifa de Toledo al rendirse al rey Alfonso VI, ya en el siglo XI -De Tuy, 1929-), alrededor de la ermita de la Virgen de la Torre, y a los pies de dicha colina.
Cerro Almodóvar es la referencia habitacional romana mejor analizada de la zona. Este asentamiento fue hallado durante los movimientos de tierras de la urbanización de Los Ahijones, en el yacimiento de la Virgen de la Torre (edificio que no sería erigido hasta 1205, según las crónicas, aunque se intuye la existencia de edificaciones en altura anteriores de época musulmana, dentro de la red de atalayas de la Marca Media y por su situación en la vía de los torrejones, posterior cañada real de merinas), en Vicálvaro.
‘Crustae‘
Si atendemos a la fórmula constructiva descubierta en el mismo, hablamos de un ‘vicus’ fundado ‘ex novo’ que funcionó desde época julio-claudia hasta el siglo III d.C. Este tipo de construcciones rurales en la zona se componían de casas con zócalo de pedernal sobre los que se alzaban paredes de tapial enlucida con yeso y tejados con albardilla. También contaban con cercados sin techumbre. Había viviendas con decoración pintada en el interior de las casas con motivos a base de ‘crustae’ (lastras de mármol de colores), cornisas molduradas y estucos en relieve. La pavimentación estaba realizada con nódulos de sílex y superficie de barro apisonada. También se documentaron habitaciones calefactadas y útiles agrícolas, ganaderos y cinegéticos (Uscatescu, 2012).
Pasado el tiempo, en la zona, también fue hallada cerámica pintada romana de tradición celtibérica de los siglos II y III d.C. que seguía los estilos, decoraciones y formas halladas en Complutum, lo que demuestra una extensa red comercial de la zona con su entorno próximo. Concretamente, vasos globulares y formas de transición indígeno-romana de engobe marrón-anaranjado que aclaraba la pasta que luego se decoraba a pincel con bandas finas oscuras para generar un entramado, mezclado con representaciones vegetales y pintura vinosa en el labio y el cuello de las piezas.
La irrupción del priscilianismo
También se hallaron en el municipio restos cerámicos y numismáticos datados aproximadamente en el crepúsculo del siglo IV d.C., que demuestran cómo no debió producirse en esos años un repliegue económico en la zona, habida cuenta de la lejanía del registro material y funerario (VVAA, 2017), si bien, su escasez ya proclamaba la situación posterior. Hay que tener en cuenta que se trataba de un período convulsísimo durante el imperio de Teodosio. Más allá de la guerra civil con el general Eugenio, el emperador tuvo que afrontar el conflicto de las diócesis hispanas por la irrupción del priscilianismo abulense que, a pesar de la ejecución de su líder en 388 d.C., tuvo continuidad en territorio peninsular durante siglos y provocó la celebración del primer concilio de Toledo en 397 d.C.
Bibliografía
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VILLALBA, E., (2022): ‘El Porcal: un vergel perdido y recuperado en el Jarama’, publicado en Diario de Rivas el 26 de julio de 2022, (en línea), consultado el 25 de marzo de 2025, enlace: https://www.diarioderivas.es/finca-el-porcal-historia-rivas/
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