Las cofradías y hermandades cristianas de Ribas de Jarama y Vaciamadrid constituyeron en la Edad Moderna las primeras organizaciones comunitarias, que se conozcan documentalmente, que tuvieron ambos municipios. Su acción supuso seguros sociales, la organización de fiestas populares, organizaciones sexualmente paritarias, controles de fraude, un pósito y hasta un hospital.
El concepto de hermandad como se conoce hoy día tuvo en su origen carácter corporativo, para defender los intereses de grupos profesionales con un mismo oficio. El cuidado común de sus suscriptores derivó en una serie de servicios de mutualidad y obras pías que se vincularon con un marco religioso. De tal manera, se acogieron a la protección de santos protectores, a menudo especializados (por ejemplo, san Roque o san Sebastián, que curan la peste, o san Marcos, patrón de los ópticos, los notarios y los vidrieros), alrededor de los cuales organizaban su vida social y su calendario festivo.
Para comprender su dimensión social, sólo hay que consultar los estatutos de estas organizaciones. Por ejemplo, el Archivo Diocesano de Toledo conserva las constituciones aprobadas y publicadas en julio de 1693 por la Hermandad y Esclavitud del Santísimo Cristo de los Afligidos, fundada por vecinos del «desierto de Ribas» en el convento de los religiosos mercedarios descalzos de Nuestra Señora de las Mercedes.
Sus 33 hermanos, que disponían de una insignia identificativa, establecían unas normas de conducta sobre las que cabía censura («los que en nuestro lugar se recibieren ayan de ser y sean quietos, pacificos, loables y de buenas costumbres y sobre que asi se execute, encargamos las conciencias à los oficiales desta nuestra Hermandad, à quien toca, y tocare su examen, y censura, que le han de hazer, y dàr secretamente para inconvenientes, sin que se interponga odio, ni mala voluntad»). Se hacía especial hincapié en evitar pendencias entre hermanos, indicando que podían perder los derechos adquiridos por su membresía en la organización.
La hermandad poseía un libro de acuerdos y cuentas, que se presentaban anualmente, una caja de caudales, una relación de recibos y un arca para guardar ambleos (cirios de kilo y medio de peso) y pávilo -mecha- que destinar a los oficios fúnebres en el caso del entierro de un cofrade. Se fijaban los pagos individuales de cada miembro sin posibilidad de préstamo por parte de terceros para evitar la toma de poder en la organización de los hermanos más ricos («inescusable de andar una demanda en cada un año; con advertencia, que cada Hermano la ha de andar solo, y no otro Hermano juntos, ni en otra forma; porque si la huviessen de andar dos Hermanos juntos, se disculparia el uno con el otro, y no tendria efecto, sino es con alguna dificultad; y lo que ha de ser dos demandas, no seria mas de una»).
Achaques
Las aportaciones de todos los hermanos servían para pagar obras piadosas, fiestas, sacramentos y mejoras en el templo. La hermandad actuaba como una mutualidad para sus participantes, incluso fuera del municipio. Si un miembro sufría una enfermedad, el resto costeaba su manutención («(…) nuestra union y Hermandad ha sido con el fin del mayor servicio de Dios, y con el de ayudarnos, y socorrernos en nuestras enfermedades y miserias; (…) cada uno de nos tengamos obligacion de dàr muy puntualmente cada mes cinco reales de vellon, que aya, ò no, enfermo, ò enfermos, con cuyos cinco reales de todos, y cada uno de por sì, se han de socorrer»), siempre y cuando no tuviera deudas con la institución. Incluso se pagaban los gastos de hospital, si fuera necesario. Eso sí, se exigía certificación de doctor o cirujano de su dolencia, «segun su achaque», para recibir once reales de vellón por día de enfermedad hasta treinta y cuatro días de dolencia, y una serie de días proporcionales de convalecencia (hasta seis, en caso de continuar con la enfermedad, no volvía a cobrar hasta el octogésimo día). El sistema solidario sólo permitía, por limitaciones presupuestarias, dar socorro a tres enfermos a la vez. Si el enfermo fallecía en pleno cobro de las ayudas, estas las recibían sus herederos.
El hermano mayor de la organización tenía la obligación de visitar dos veces a la semana al enfermo para conocer el estado de salud (y retirarle las ayudas, si existía estafa) y prestar las atenciones necesarias, tanto espirituales como físicas, al afectado. Podían hacerse acompañar de doctores para realizar dicha inspección. No obstante, algunas enfermedades («efecto de mugeres» o gálico -sífilis-, gota, ciática, tercianas y cuartanas -fiebre de carácter palúdico-) se limitaban a un pago único de 50 reales o, incluso, la voluntad.
En el caso de los decesos, esta cobertura, por un hermano muerto o su esposa, considerada automáticamente hermana de la cofradía, pagaba 33 misas en el convento de Ribas. A las viudas de hermanos, se les que costeaban los gastos en caso de muerte («tenga obligacion de darla un Habito de nuestro padre San Francisco, y cien reales, para ayuda à su entierro. y hazerla dezir reinta y tres Missas Rezadas por su alma, de à quatro erales de vellon cada una»), así como asistencia a sus hijos en los actos fúnebres. Era obligatorio acudir a los entierros de los cofrades so pena de multa de cuatro reales y al viático de los hijos de los cofrades. También tenían cláusulas de cobertura de cinco reales diarios en caso de ser encarcelados, siempre que no fuera por «armas ofensivas, ò por muger, ò vayna abierta, coleto, ni descredito de la Hermandad».
«Devoción de limosna»
La primera hermandad que se conoce de Vaciamadrid fue la de San Marcos, que, en 1667, celebraba la fiesta del santo, según documentación consultada por este periódico en el Archivo Diocesano de Toledo. Para sufragar los gastos del convite, alquilaba un soto comunal por 800 reales, de los que 200 los dedicaba al sostenimiento del templo y, el resto, a la celebración. Con el sobrante, ese año, llegaron a comprar una nueva campana, lo que dice mucho del vigor de la organización y, por extensión, de la comunidad. Dos años después, a pesar de que el pueblo tenía 20 vecinos, la cofradía pagaba un incensario para el templo, así como la fiesta del patrón, por lo que puede inferirse que la mayor parte o la totalidad de la comunidad era partícipe de la entidad como fórmula colaborativa.
El 4 de mayo de 1676, siendo cura el doctor párroco Juan Bautista López, se creó la cofradía del Santísimo Sacramento de Vaciamadrid, a la que se autorizó a organizar una fiesta en el día del Corpus (de origen medieval, instituida por el papa Urbano IV el jueves siguiente a la octava de Pentecostés), a cambio del pago de una libra de cera. También obtuvo derechos de exequias y misas. Estaba permitida la membresía a hombres y mujeres, aunque estas debían abonar previamente 40 reales para su participación. En 1708, dedicaba los ingresos de 12 fanegas de tierra de pan por mitad a la festividad de la Ascensión, el Corpus y el «discurso del año».
Vaciamadrid disponía en 1671 de una cofradía exclusivamente femenina en honor a Nuestra Señora la Antigua, que era servida «por devoción de limosna» para adorno de la efigie de dicha virgen y para la celebración de una fiesta en su honor. Se trata de una advocación medieval muy popular desde el siglo XV. Muchos municipios del arco este y sur del territorio madrileño le dedicaron espacios, con templos en su honor en Vicálvaro, Barajas, Venturada, Carabanchel o Villar del Olmo, entre otros municipios, celebrándose fiestas en su honor en agosto y septiembre. Como ya se explicó en este periódico, la devoción por esta Virgen podría tener que ver con su culto en Morata de Tajuña. También se indica en un informe de visita pastoral de 1708 que existía una cofradía femenina dedicada a la Asunción, aunque no vuelve a ser citada en documentación, por lo que pudo tratarse de un error en la toma de datos.
Un maestro estable
En 1679, la comunidad de fieles de San Marcos en Vaciamadrid sufragaba parte del retablo y una escultura dorada para la parroquia, invirtiendo 4.000 reales. Esas cantidades demuestran la prosperidad del pueblo a través de la actividad propia, casi plenamente agraria, y el cobro de rentas por el arrendamiento de terrenos que realizaba el marqués de Leganés, señor del lugar. En los años 80, las cofradías se encontraban, tras las plagas de langosta de esos años, sin fondos, según las auditorías episcopales, pero la parroquia tenía unas cuentas muy saneadas, ya que recibía diezmos por el arriendo de sus propiedades y la gestión la capilla de Peralejos. En 1705, estos ascendían a 2600 reales en rompimientos, capillas adervas, el señorío de un pozo y el usufructo de algunas tierras en diversos pedazos (12 fanegas y 3 celemines de pan por mitad). La comunidad también contaba con maestro estable en la figura de Roque Domingo, sacristán de la localidad (en Ribas de Jarama, el primer maestro de niños que figura en la documentación eclesiástica fue Francisco Pérez, de 28 años, en 1678).
Mientras tanto, en Ribas de Jarama, la primera referencia documental hallada en el Archivo Diocesano de Toledo sobre actividad comunitaria asociada a la parroquia de San Juan Bautista es anterior a 1649. En carta al obispo toledano de fecha 30 de abril de 1667, un enviado en misión pastoral remitía la organización de procesiones en las que los vecinos organizados portaban pendones y la aportación de limosnas, lo que permite inducir algún tipo de organización que las desarrollase, aunque no se conoce su advocación. Del mismo modo, se incidía de manera recurrente en la fundación años antes, por iniciativa del párroco Blas de Salvanés, de un pósito comunal de trigo en el que se usaban dos partes para la siembra y una para pagar las gestiones de sus dos patronos, el alcalde ripense y el cura, que donaban su beneficio al inventario. Este alfolí o almacén de grano llegó a tener una capacidad de 50 fanegas de trigo para prestar a los labradores en tiempo de siembra para panadear en tiempo de necesidad. En documentación de principios del siglo XVIII, dicho pósito se atribuye a una obra pía, por lo que podría relacionarse con la organización antes planteada.
En 1669, los archivos reflejan la existencia de una segunda cofradía, la de la Vera Cruz, aunque no se especificaban sus atribuciones. Sólo dos años después, esta organización se encontraba sin fondos, aunque tuvo apoyo popular sostenido, ya que seguía existiendo a finales de los 90. Años después, en 1693, el informe de una visita pastoral fechada el 1 de marzo de ese año indica la creación de la cofradía del Santísimo Cristo de los Afligidos, con una talla propia -en realidad, aceptaban que la propiedad era de la parroquia- para el culto e, incluso, réplicas. «Imita a la original (…) se saca de procesión llevándole desde la corte a la iglesia parroquial, con asistencia de párroco y sacerdotes, (…) los hermanos con velas encendidas».
En el evento, por el que tenían que pagar al convento ripense 133 reales de vellón más los derechos episcopales, participaban los 33 miembros de la hermandad. Era denominado ‘Procesión de la Víspera’, celebrándose día de fiesta. Asimismo, el primer día siguiente a la pascua del Espíritu Santo, realizaban una fiesta de honra de ánimas por los difuntos de la hermandad con una misa cantada. También planteaban que el día después de Pascua se celebrase una fiesta en el convento con honra de ánimas, vigilia y misa cantada, con diácono y subdiácono, y responso, por la que se pagaban cuatro ducados a la comunidad de monjes, más pagos de distinta entidad a los distintos religiosos participantes. Pedían un miserere en el día de San José.
Un sermón y un hospital
En la primera mitad del siglo XVIII, las comunidades parroquiales sufrieron serios aprietos. El convento de mercedarios se consideraba ubicado en un despoblado con menos de diez vecinos y Vaciamadrid tenía una iglesia que devenía ruina por las continuas y violentas avenidas del río Manzanares (el 13 de junio de 1724, una tormenta provocó una inundación que terminó por desolar el edificio, por lo que se construyó uno nuevo) y mudanzas continuas de vecinos que huían de lo malsano del entorno (sucesivos curas llegaron a vivir en Arganda por ese motivo). Sin embargo, ambos municipios seguían teniendo cierto culto. En el citado Vaciamadrid, la cofradía del Santísimo seguía haciendo obras pías de ánimas y pagaba un sermón y la procesión de la fiesta de San Marcos, aunque redujo los gastos de fiestas a la mitad de los beneficios producidos por el soto comunal. Llegó a tener incluso un hospital del que no hay más especificaciones en la documentación, aunque, en las respuestas de la población al Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1751, se especifica que el municipio carecía de esta instalación (Camarero, 2005).
Sin embargo, en la década de 1730, se quedó sin caudales, ya que todos los ingresos se gastaban en la fiestas y la labor parroquial se hacía desde el palacio de Felipe II. Desde 1761, el marqués de Altamira establecía los días de fiesta, por lo que la obra pía comunitaria estaba exhausta por la falta de población. La parroquia estaba en tal estado de abandono económico por parte de la comunidad que tuvo que sacar la casa del párroco a subasta. No obstante, todavía en 1803, según carta remitida al obispo de Toledo, el cura del pueblo solicitaba permiso para pedir fondos para la restauración del templo de San Marcos a los habitantes de Casa Eulogio, los condes de Altamira y sus guardeses.
En Ribas, se intentó resucitar la actividad cofrade: la cofradía del Santísimo Sacramento seguía sufragando los festejos del Corpus y el caudal de las limosnas en 1728, y se continuaba peregrinando para admirar al Cristo de los Afligidos desde territorios tan lejanos como Barajas o Guadalajara. El 2 de septiembre de 1736, después de una fuerte plaga de langosta que afectó a El Piúl en 1730, la hermandad del Cristo pidió permiso al Obispado para abrir el cupo a nuevos cofrades (se entiende que muchos ya habían muerto y la suscripción era la manera de mantener la organización). Se pidió declarar fiesta el día de San José, celebrando un miserere o el festivo de Cuaresma. También hubo cambios en los estatutos de la Hermandad, introduciendo el deber de instalar doce hachones (cirio de cera virgen con mecha en su interior, colocada sobre un palo con resina) o blandones (candelabros con cirios) en la iglesia en caso de entierro de un hermano.
Malversación de caudales
Del mismo modo, se incidía en que las mujeres viudas perdían sus derechos en la hermandad en caso de volverse a casar. En 1748, se daba un posible caso de malversación de caudales por el sacerdote, que no daba cuenta de sus manejos con el dinero aportado por los fieles, 90.291 reales («Se ausenta de esta villa sin dejar cuenta, ni asientos, ni bienes contra los que proceder», incide el enviado episcopal en una misiva). En tal estado de situación, en 1761, sólo quedaban dos vecinos en Ribas de Jarama, además de los monjes. De tal modo, la cofradía del Santísimo Sacramento y sus obras pías habían desaparecido. Esa situación obligó, en 1776, a que los monjes del convento abrieran a adoración periódica el Cristo de los Afligidos, para enterramiento y matrimonio.
Este declive hizo que el culto de ambos municipios estuvieran sujetos durante décadas a las parroquias de los pueblos cercanos. Ribas de Jarama funcionaba como anejo de la parroquia de la Natividad de Mejorada del Campo, sin que la documentación de la misma muestre ninguna actividad de fraternidad alguna. En el caso de Vaciamadrid, su gestión pasó a manos de la parroquia de San Juan Bautista, de Arganda del Rey, y La Concepción, de Perales del Río. Según documentos del Archivo Diocesano de Madrid, consultados por Diario de Rivas, a mediados del siglo XIX, las visitas pastorales de los emisarios episcopales mostraban que habían existido cofradías piadosas en esas aldeas (desde 1845, unificadas en el municipio de Rivas Vaciamadrid), pero que hacía tiempo que habían desaparecido. La última referencia a una cofradía en el municipio pertenece a la de Nuestra Señora la Antigua, que en 1816 seguía conservando la propiedad de una yunta de terreno en Vaciamadrid.
Desde entonces, a pesar de que se mantuvo el culto al Cristo de los Afligidos y se incorporó el de San Isidro, las hermandades y su actividad como argamasa comunitaria desaparecieron para dejar paso a la administración, el asociacionismo y el sector privado como prestatarios de los servicios y necesidades de las comunidades.
Bibliografía:
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AHN, (1816): Baena c.222, d. 16-40
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CAMARERO, C., (2005), Madrid y su provincia en el Catastro de Ensenada. Tomo II. Los pueblos de Madrid 1750-1759. Ediciones del Umbral. Madrid.
Gran artículo Enrique. Enhorabuena.