Luces apagadas en la Ciudad de la Infancia

por | Dic 16, 2025

OPINIÓN

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Javier Gil, concejal del PP en el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid

Javier Gil

Concejal del PP en el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid

Rivas Vaciamadrid se enorgullece de ser Ciudad de la Infancia, un título que debería reflejarse en cada gesto, en cada política pública y, por supuesto, en la manera en que celebramos unas fiestas tan especiales como la Navidad. Sin embargo, basta recorrer nuestras calles en estas fechas para sentir una mezcla de tristeza y desconcierto: la iluminación navideña es pobre, escasa y carente de la magia que debería envolver a los más pequeños y a las familias ripenses. Y lo más doloroso es que esta realidad contrasta con el dinero que año tras año se destina a contratos de alumbrado ornamental.

Los datos son claros. En 2023, el Ayuntamiento optó por un contrato de arrendamiento de elementos ornamentales, con un coste total de más de 120.000 euros. Se justificó como una fórmula transitoria, aunque ya entonces se reconocía que el alquiler era poco eficiente. En 2024 se produjo un giro: se invirtieron 174.730 euros en la compra directa de elementos de alumbrado, con especificaciones técnicas por barrios y exigencias de solvencia. Se presentó como una apuesta por la eficiencia y la reutilización futura. Sin embargo, apenas un año después, en 2025, se licitó un nuevo contrato de reposición y mantenimiento, con un coste anual de 80.000 euros, prorrogable hasta 2029. ¿Dónde está el inventario del material adquirido en 2024? ¿Qué grado de reutilización se ha hecho? ¿Por qué se vuelve a gastar casi lo mismo en reposición cuando se nos prometió que la compra sería una inversión duradera?

La concatenación de contratos —arrendamiento, compra, reposición— sin una narrativa clara ni una planificación estratégica transmite una sensación de improvisación y falta de coherencia. Y lo que más duele es que, pese a estas cifras, las calles de Rivas Vaciamadrid siguen mostrando una iluminación pobre, muy por debajo de lo que vemos en municipios vecinos. Basta con pasear por localidades cercanas para comprobar cómo sus avenidas se llenan de luz, color y fantasía, creando un ambiente festivo que invita a salir, compartir y disfrutar. En Rivas, en cambio, la sensación es de austeridad mal entendida, de una Navidad que pasa desapercibida.

No se trata de reclamar despilfarro ni de exigir espectáculos grandilocuentes. Se trata de recordar que la Navidad es, sobre todo, la fiesta de los niños, y que la luz que adorna nuestras calles es un símbolo de ilusión, de comunidad y de esperanza. Cuando un niño camina por la ciudad y apenas encuentra unas pocas farolas decoradas o un arco aislado, lo que recibe es un mensaje de indiferencia institucional hacia su alegría. Y eso es incompatible con el orgullo de llamarnos Ciudad de la Infancia.

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La interpelación que presentaremos en el próximo Pleno municipal busca precisamente respuestas: un inventario claro del material adquirido, una auditoría técnica y patrimonial, y un plan estratégico plurianual que evite duplicidades y garantice la sostenibilidad del gasto. Porque no se trata solo de luces, sino de transparencia, coherencia y responsabilidad en el uso del dinero público. La ciudadanía merece saber por qué se gasta tanto y se recibe tan poco.

Queremos que Rivas brille, no por ostentación, sino por respeto a sus vecinos y, sobre todo, a sus niños. Queremos que las calles transmitan la calidez de unas fiestas que son encuentro, ilusión y comunidad. Queremos que cada arco, cada farola y cada árbol iluminado sea un recordatorio de que la infancia está en el centro de nuestras prioridades. Hoy, lamentablemente, lo que transmitimos es lo contrario: que la Navidad en Rivas importa poco, que la planificación es errática y que la magia se apaga antes de encenderse.

La tristeza que sentimos al ver nuestras calles oscuras no es solo estética: es política, es social y es profundamente humana. Porque cuando se apagan las luces de la Navidad, se apaga también un poco la ilusión de quienes más la necesitan: nuestros niños. Y eso, en una Ciudad de la Infancia, debería ser inaceptable.

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