Raúl Herranz, el vecino de Rivas que estudia cómo crecen las plantas en el espacio

por | Jun 13, 2025

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Raúl Herranz es vecino de Rivas Vaciamadrid desde hace un cuarto de siglo. Primero del barrio de Covibar y, actualmente, del barrio Centro, pero cerca de su barrio original, con el que mantiene el vínculo. A lo largo de 25 años, como tantos otros vecinos y vecinas de Rivas, Raúl y su familia han echado raíces en la ciudad. Sin ir más lejos, sus dos hijas adolescentes estudian en el IES Las Lagunas, y lo hicieron antes en el CEIP Victoria Kent. Pero Raúl Herranz es uno de esos vecinos con un trabajo especial: lo suyo es la investigación espacial con especies vegetales, disciplina que ejerce desde 2008 en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). 

Cuenta Raúl Herranz que para convertirse en uno de los mayores expertos europeos en el comportamiento de las especies vegetales en el espacio estudió Ciencias Químicas y, posteriormente, la especialidad de Bioquímica. “En aquel momento, la salida que parecía más interesante era la investigación. Entonces, hice la tesis doctoral en la Universidad Autónoma y conseguí una beca de 4 años para desarrollar esta tesis doctoral”, indica.

Esta tesis todavía no estaba vinculada directamente a su especialidad definitiva. Una cosa llevó a la otra. “En la investigación yo empecé realmente trabajando con la drosophila —conocida comúnmente como mosca de la fruta, es un insecto muy utilizado por los científicos en sus experimentos— y haciendo cosas de de evolución genética, cosas muy básicas, pero a la vez, en mi laboratorio se trabajaba en biología espacial. Hacían experimentos puntuales de mandar drosophilas al espacio y ver cómo se comportaban, cómo envejecían y el efecto a nivel del genoma completo, o sea, de cómo le afectaba la presión en todos los genes del organismo. Y desde ahí acabé dando el salto a las plantas y llegué al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 2008”, relata el científico ripense. 

Lo hizo después de un primer alejamiento de la ciencia —por la precariedad, como luego explicará el propio Raúl Herranz en otro pasaje de este reportaje— y tras vivir fuera de Rivas alguna temporada. De hecho, cuando su mujer estaba embarazada de su primera hija, él vivía en Países Bajos. “La ciencia es muy internacional. Esto me lo dijo un antiguo presidente del CSIC, que daba igual donde tuviera la base, que realmente el trabajo es totalmente internacional y da igual dónde tengas físicamente el domicilio fiscal”, dice. 

Entonces, ya llevaba varios años con su domicilio familiar en Rivas, ciudad a la que llegó a comienzos del milenio, coincidiendo con el inicio de los cuatro años de la citada beca.

El científico ripense Raúl Herranz, en su centro de investuigación (foto: cedida por R.H.)
El científico ripense Raúl Herranz, en su centro de investigación (foto: cedida por R.H.)

Raúl Herranz, un cuarto de siglo en Rivas

Raúl Herranz es un vecino de Rivas muy vinculado a Covibar, su primer barrio en el municipio, lugar en el que siguen estudiando sus hijas en la actualidad.  

“Llegué a Rivas hace casi 25 años. Primero llegué a Covibar y posteriormente nos mudamos cerca, a la zona de las urbanizaciones, pero cerca de Covibar. Elegimos Rivas porque empezamos como becarios en la ciencia y este fue el único lugar en el que encontramos una casa digna en un sitio agradable para vivir”, expone el científico. 

A diferencia de otros barrios, el de Raúl Herranz ya estaba muy desarrollado cuando él y su mujer se asentaron en Rivas. “No encuentro Rivas tan cambiado porque yo siempre he vivido y me he movido por Covibar y alrededores. Entonces ya teníamos el Metro, el autobús que iba a Madrid y la vida de barrio funcionaba muy bien, con todos sus comercios y tiendas, además de sus servicios”, dice.

Reconoce que “en un momento quisimos buscar alternativas para crecer un poco más, intentamos irnos a otras ciudades, pensamos también en irnos cerca de la sierra para salir más a la montaña, pero acabamos volviendo a Rivas después de un par de años de dudas y búsquedas… Y nos hemos acostumbrado a pasear por la laguna de El Campillo”. 

A lo largo de sus años viviendo en Rivas, Raúl Herranz se ha mantenido activo en lo social, aportando su granito de arena a la comunidad. En concreto, a la educativa. “Al principio, cuando nuestras hijas iban a la escuela infantil, ya participamos en las cabalgatas, por ejemplo. De hecho, así conocimos a José Luis Alfaro, antes de ser concejal, con el que luego hemos mantenido una relación puntual”, apunta. “Y luego ya más tarde, cuando fueron nuestras hijas al Victoria Kent, empecé a colaborar no solo con las actividades habituales como familia, sino que también quise hacer una actividad de investigación que fuera didáctica para enseñar mis experimentos espaciales en el propio colegio”, añade. 

Este experimento es el Seedling Growth, cuyo propósito es comprobar cómo afecta la microgravedad al desarrollo de las plantas. Recrear las condiciones del espacio para ver la evolución de los seres vivos vegetales —la gravedad es decisiva, por ejemplo, para determinar la dirección del crecimiento de las raíces o el tallo de una planta—. En este experimento, que consta de distintas etapas y en el que han colaborado las agencias espaciales más importantes del mundo, con la NASA por un lado y la Agencia Espacial Europea (ESA) por otro, Raúl Herranz coordinó el trabajo de sus colegas europeos. 

En el CEIP Victoria Kent de Rivas, durante varios años —”la actividad nació para hacerla uno o dos años y al final la hicimos durante mucho más tiempo, seis o siete años, hasta que cambió el equipo directivo y luego mis hijas salieron ya al instituto”, cuenta Herranz—, los estudiantes pudieron recrear las condiciones de microgravedad y realizar algo parecido a lo que Raúl Herranz y sus compañeros hacían entonces en el ámbito científico. “Fue una actividad conjunta con Naciones Unidas, que nos cedieron unos pequeños aparatitos para microgravedad y los propios alumnos eran capaces de hacer el experimento que nosotros habíamos hecho con los astronautas americanos en el espacio”, explica. “Era desastroso en la parte técnica pero muy positivo y enriquecedor tanto para ellos como para mí”, dice orgulloso. 

Tales fueron los beneficios de aquella experiencia que arrancó en el colegio Victoria Kent de Rivas que ahora es una actividad habitual del programa de la Semana de la Ciencia y la Tecnología de la Comunidad de Madrid.

El científico ripense Raúl Herranz, con el polideportivo Cerro del Telégrafo detrás
El científico ripense Raúl Herranz, con el polideportivo Cerro del Telégrafo detrás (foto: Diario de Rivas)

Plantas en el espacio: así es el trabajo de Raúl Herranz

Desde su llegada al Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas del CSIC, Raúl Herranz se ha mantenido vinculado a la investigación espacial con especies vegetales. Esto es, estudia “cómo afecta el ambiente espacial —sobre todo la microgravedad, pero también la radiación, los ambientes confinados en general y con recursos limitados— a las plantas”.

Raúl Herranz da más detalles sobre su área de investigación: “Una planta en la Tierra crece con su gravedad, con su luz, con toda el agua que necesite o no… Hay que investigar qué pasa con la expresión de los genes de todas las plantas y luego eso lo podemos utilizar para generar plantas que sean más resistentes para ir a la Luna o que se adapten mejor a un viaje espacial, que crezcan en condiciones más adversas y que nos permitan colonizar otros planetas”. El científico subraya en que “es importante de cara a misiones tripuladas a Marte si queremos ir o de colonización de la Luna poder tener un soporte vital, que no haya que depender totalmente de la Tierra para tener algo de comida”.

Por otro lado, Herranz cuenta qué la investigación espacial con especies vegetales “también es clave a nivel psicológico para los astronautas”. Explica que es fundamental para estos profesionales poder ver que hay algo que crece delante de ellos durante su estancia fuera de la atmósfera terrestre. “Los astronautas tienen una agenda muy marcada, tienen ‘slots’ de 20 minutos en los que tienen que hacer cosas que les están ordenando todo el día. Cuando llega el ‘slot’ de hacer algo con plantas, un experimento o lo que sea, se vuelven locos de alegría porque ven algo que crece, que lo tocan, que lo manipulan. Entonces, están deseando participar en estas actividades porque psicológicamente les vienen muy bien”, detalla. 

Raúl Herranz reconoce que no es fácil definir cuánto se ha avanzado en su disciplina científica desde que se dedica a ella. “Es muy complicado marcar el progreso porque se han hecho muchas cosas, pero en términos científicos se ha avanzado poco acerca de cómo realmente crecen las plantas fuera de la Tierra. O sea, los experimentos son muy cortos y son muy diferentes entre sí. Por ejemplo, hemos pasado de no tener prácticamente ninguna información de cómo le afecta a la planta a nivel de expresión de todo el genoma estar fuera de la tierra, a pesar de tener 400 o 500 experimentos diferentes en una base de datos, pero todos son distintos”.

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En la actualidad, y en esto consiste buena parte del trabajo de este vecino de Rivas, “el desafío al que nos enfrentamos es coger toda esa información y conseguir que tenga sentido, porque la principal dificultad de la investigación espacial es que todo se hace de forma no convencional, se hace en contenedores muy pequeños, cada investigador hace el experimento buscando un detalle concreto de la fisiología vegetal, pero se olvida del resto”. 

Este reto, continúa explicando Raúl Herranz, implica una coordinación: “A nivel europeo, en los últimos años lo hemos estado coordinando desde el CSIC a través de consorcios internacionales de trascripción espacial en los que hemos estado participando”, señala. “Lo que hacemos desde nuestro laboratorio es ver cómo coordinamos a través de la Agencia Espacial Europea con grupos italianos y franceses que cada uno tiene su especialidad. Mi papel, más o menos, es el de coordinar todo el consorcio e ir integrando esa información para generar esas bases de datos internacionales y que todo sea un poquito más coherente”, añade. 

El científico ripense Raúl Herranz
El científico ripense Raúl Herranz (foto: cedida por R.H.)

La precariedad de ser científico en España

Raúl Herranz es muy crítico en su discurso con la situación laboral de los científicos en España. No duda en llevar la conversación a ese terreno, detenerse en él y meter los pies en el barro sin miedo a mancharse. 

“El problema de mi trabajo ahora mismo es que no es que no te lo pueda definir yo, sino que no me lo pueden definir ni a mí ni mis jefes en los centros de investigación. O sea, la investigación en España es caótica. Yo llevo ya 20 años trabajando en investigación espacial, pero no he conseguido llegar a la plaza de científico titular, que es como la plaza de acceso al sistema español de ciencia de funcionarios. Una plaza estable. Yo estoy todavía en un contrato que llaman indefinido no fijo. Se supone que es un puesto de personal permanente, pero a la vez es temporal”, lamenta. Y va más allá al reconocer que trabaja por encima de lo que requiere su posición: “Llevo toda la vida trabajando por encima de mis posibilidades, de mi condición, pero el problema es que si todos los que estamos así dejáramos de hacerlo, no habría ciencia”, reflexiona. 

El científico ripense denuncia que lo más grave es la diferencia en recursos y salario entre los científicos españoles y otros colegas europeos. “Se supone que dirijo una línea de investigación, tengo mi propio proyecto de investigación de la agencia espacial, pero no tengo grupo de investigación, no tengo laboratorio propio. Entonces, tengo que hacerlo todo como si fuera un investigador, pero a la vez se me dice que no lo soy. Y sin medios de investigador, claro, sin recursos”. 

Herranz, que ha publicado más de 80 artículos científicos en revistas de primer nivel como Cell, reconoce que los cantos de sirena para emigrar no dejan de sonar en la ciencia española. “Es muy duro cuando ves con tus colegas internacionales y el francés o el americano te dicen: ‘Raúl, tienes que ser tú el investigador principal porque tienes 20 publicaciones en los últimas 4 años y yo tengo 4, el que tienes el prestigio eres tú’, pero yo gano tres veces menos que tú y no tengo laboratorio, yo solo tengo una mesita en una esquina del CSIC. ‘Si lo pido, no me van a dar el proyecto’. Y ellos, que están acostumbrados, nos dicen que nos vayamos fuera, que nos hacen un hueco y nos doblan los recursos. Esa opción de emigrar siempre está ahí”, comenta. 

Por todo lo expuesto, Raúl Herranz se sindicó —es miembro del sindicato USO— para intentar revertir la situación laboral de los científicos como él en nuestro país. “Me metí un poco en el sindicalismo dentro del CSIC porque el 10% de la plantilla tiene la posición profesional que le corresponde, dirigiendo un equipo como investigador o en su posición de personal técnico, haciendo experimentos para otros grupos, pero hay un grueso de la plantilla del CSIC, que puede ser al menos el 75%, que somos doctores pero no hemos conseguido acceder por el motivo que sea y que estamos mal ubicados a nivel profesional, contamos con recursos que no son suficientes y tenemos salarios por la mitad de lo que deberían ser”, expone.

Reconoce el vecino de Rivas que hay una «liga», muy reducida, de investigadores que siguen una línea ascendente toda su carrera, con financiación, ya sea porque una investigación ha tenido mucha repercusión o porque es un tema de interés de alguna industria, pero denuncia que este grupo es muy reducido. “La situación es muy dramática porque evidentemente se perderá talento, se perderán recursos… Yo mismo estoy dirigiendo proyectos de gente a nivel europeo que lleva 20 años estabilizada en sus países y yo estoy en una situación totalmente precaria. Tan precaria que ni siquiera podemos lanzarnos a hacer más cosas porque se me puede caer todo el laboratorio mañana; ¿me puedo meter en un proyecto potente de cinco años si me puedo quedar colgado a la mitad?”, se pregunta. 

Raúl Herranz cuenta que ya dejó la ciencia una vez, justo antes del año 2008, cuando entró en el CSIC. “En aquella primera crisis acabé la tesis y aguanté un año en el mismo laboratorio en el que estaba, pero me dijeron que yo me podía quedar ahí en principio mientras hubiera dinero. Alguien me dijo: ‘Como te quedes en la investigación hasta los 40 no vas a estabilizarte’. Entonces dije:  ‘Mira, me voy a una empresa privada’. Y lo intenté. Me fui a una empresa privada, estuve un par de años, me iba bien. pero en mi tiempo libre me seguía dedicando a la ciencia. No era lo mío. Y volví un poco más preparado, sabiendo que estaba dispuesto a aguantar hasta los 40 sin estabilizarme. La cuestión es que ahora ya llego casi a los 50 años sin estabilizarme”, afirma.

Herranz reconoce que esta situación cambiará a corto plazo —“por fin”, recalca– porque el CSIC acaba de anunciar la estabilización de 1.872 investigadores en las próximas semanas. “En la administración pasa cada 10 o 15 años, para ajustar la posición de todas las personas que estamos mal ubicadas”, incide. Eso sí, este proceso será la forma de lograr la ansiada estabilidad profesional pero no así el reconocimiento profesional al que aspiran científicos con la trayectoria del vecino de Rivas, según denuncia el vecino ripense. “Nos van a estabilizar, pero, por ejemplo, en mi caso, me van a estabilizar, en vez de en la figura de investigador, que es la que realmente lleva haciendo 20 años, en una figura de técnico. Entonces, cuando me estabilicen, no sé qué va a pasar. El sueldo va a seguir siendo el mismo, porque no te lo pueden cambiar, pero es que igual incluso me obligan a trabajar como técnico cuando yo tengo una trayectoria de investigador”, crítica. 

En definitiva, este vecino de Rivas es uno de los muchos científicos españoles que comparte su preocupación y hastío por la situación de la ciencia en España. “Tengo un trabajo que me gusta, que disfruto de él, pero que me hace sufrir mucho porque no puedo hacerlo bien. O más bien, no poder hacerlo muchísimo mejor por culpa de no tener un apoyo mínimo y un mínimo reconocimiento”, concluye.

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